Julia Kristeva

Tomado de Sentido y sinsentido de la rebeldía. Literatura y psicoanálisis, Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, 1999, p. 26

“En una instalación, es el cuerpo entero que está siendo interpelado a través de sus sensaciones, a través de la visión por supuesto, pero también a través de la audición, del tacto, a veces del olfato. Como si los artistas, en lugar de un "objeto", persiguieran colocarnos en un espacio al límite de lo sagrado, y nos pidieran, no que contempláramos imágenes, sino que comulgáramos con seres. Una comunión con el ser sin duda balbuceante, a veces brutal, pero se trata en fin de cuentas de un llamado. Y tuve la impresión, frente a aquellas instalaciones de jóvenes artistas enmarañadas en petates, tuberías, fragmentos y otros objetos mecánicos, que, más allá del malestar de los fundamentos perdidos, ellos comunicaban lo siguiente: la finalidad última del arte es tal vez aquello que pudo antaño celebrarse con el término de encarnación. Me estoy refiriendo a la voluntad de hacernos experimentar, a través de abstracciones, de formas, de colores, de volúmenes, de sensaciones, una experiencia real”.