Josetxo Beriain
Tomado de La lucha de los dioses en la modernidad. Del monoteísmo religioso al politeísmo cultural, Anthropos, Barcelona, 2000, p. 180

“Del imaginario social de la revolución francesa emerge una nueva fe cuyo objeto de culto es la nación. Se produce una transferencia de numinosidad de Dios a la nación, y, en definitiva, al pueblo (de una nación), que estará presente con diferentes énfasis en todos los movimientos nacionales. Como han visto R.N. Bellah, R. Kosselleck y E. Hobsbawn, la nación corno nuevo objeto de culto, como nuevo Dios secularizado de la modernidad se sirve de todo un conjunto de símbolos, creencias, rituales (véase la importancia de los rituales de duelo y aflicción que se representan en las ceremonias fúnebres y su gran relevancia a la hora de generar el nosotros, la comunidad imaginada) y monumentos, que comparecen en el seno de la «religión civil». No obstante, en esa pretendida originalidad de los monumentos erigidos -cementerios nacionales, Memorials, estatuas- a los héroes «locales o supralocales» que produce el «nacionalismo oficial» (expresión que tomo de Hugh Seton-Watson) no hay sino serialidad: todo el mundo comprende que la estatua y su asentamiento son réplicas, porque no hay original. Es por esta razón que mucha gente, que pudiera sentirse reverencial, decide que lo correcto es hacer fotografías, de Lincoln solo, o de Lincoln con ellos mismos, con sus familiares, amigos o amantes, no del Memorial en cuanto tal. Los monumentos nacionales a los héroes no tienen aura, tal como uno siente la originalidad de Las Meninas. Se ha impuesto más una superposición del peregrino por el turista; éste representa, podíamos decir, una secularización de aquél. Hay estatuas de José Rizal, «el primer filipino», por todas las Filipinas, como había réplicas del general Franco en estatua ecuestre por toda España o de Lenin o Stalin por toda Rusia”.