Iraida Vargas y Mario Sanoja

Tomado de Razones para una revolución, Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Colección Milenio libre, 2004, pp. 91-92.

La cultura tiene una dimensión histórica expresada en la materialidad de las creaciones hechas por una sociedad en el devenir de su existencia: bienes culturales muebles e inmuebles, creaciones intangibles (ideas, costumbres, actitudes y valores sociales, formas de relación social, gestualidad y demás), que caracterizan y explican la singularidad de cada pueblo. Ese conjunto de bienes culturales que se transmite selectivamente de una generación a otra a través del proceso que denominamos la herencia histórica es el legado cultural que permite al ciudadano(a) y a la colectividad que los representa establecer un vínculo racional entre su realidad presente, aquella que recibió como legado del pasado y la que construirá para el futuro.

La herencia histórica sirve de base para crear ideologías unificadoras, las que se materializan socialmente en procesos de identificación cultural. Tales procesos, sean de carácter nacional, regional o local, reflejan la diversidad y la unidad, lo uno y lo múltiple de ese complejo proceso que es la cultura del pueblo venezolano, del conjunto de comunidades culturales regionales cuyas particularidades, expresadas en el marco histórico de la nación, le dan su contenido específico a la cultura nacional (Iraida Vargas-Arenas: La intangibilidad de lo corpóreo).

La política cultural integral debe ser una acción destinada a la gestión concertada de la vida cotidiana, con la finalidad de mejorar -de manera sostenida- la calidad de la existencia de los venezolanos(as). Su objetivo fundamental es promover en los ciudadanos(as) una reflexión crítica, de signo positivo, sobre los valores de la Historia y la Cultura nacional y -al mismo tiempo- estimular en aquéllos(as) todas las formas de creatividad individual o colectiva a través de la educación, la ciencia, el deporte y el arte como manera de promover la formación de colectivos sociales solidarios con su desarrollo en común. Esa reflexión es también la base para estimular en los ciudadanos(as) una conciencia solidaria de participación voluntaria para el logro de metas y objetivos sociales, necesarios para trascender la presente fase crítica por la cual atraviesa nuestro país.

Una política cultural integral representa, así mismo, el apoyo y el sostén a las formas de resistencia de los pueblos frente a las acciones culturales neocoloniales y desnacionalizadoras que sirven de punta de lanza a los programas económicos neoliberales.

El vehículo fundamental de una política cultural integral es la educación, concebida no sólo como actividad didáctica orientada hacia tareas informativas, sino fundamentalmente formativas, anclada en los elementos sociales singulares, vale decir culturales, que son los que permiten la gestación de valores sociales y éticos, al mismo tiempo que actúan como fuente de inspiración y de disciplina para el trabajo productivo y creador. En tal sentido, la educación no sustituye ni equivale a la cultura aunque ambas constituyan un binomio inseparable. La meta de la educación, dentro una política cultural integral, sería la de crear las condiciones objetivas que permitan desarrollar el potencial humano (José Joaquín Salcedo, Hernando Bernal Alarcón, Nohora Inés Iglesias: América Latina: la revolución de la esperanza), lo cual debe ser el basamento de sus diversas formas de participación ciudadana en la gestión pública local, regional y nacional.