Willy Aranguren

Docente e investigador. Miembro AICA, Capítulo venezolano

Candidato a Doctor en Educación, Universidad Fermín Toro, Barquisimeto

willyaranguren@hotmail.com         

La VIII Bienal de arte popular Bárbaro Rivas. Evento reivindicativo de nuestra perenne creatividad

abril de 2006

(A Mariano Díaz, un bello  amigo y  gran hombre a quien siempre asociaré con los “Poderes Creadores del Pueblo”, por su amorosa labor) 

En el Museo de Arte Popular de Petare se ha celebrado entre diciembre del 2005 y marzo del 2006, la VIII Bienal de Arte Popular “Bárbaro Rivas”, siendo además la primera Bienal de Arte Popular Internacional, evento realmente sin parangón en  la historia de nuestro Arte Popular, a pesar de reconocer los esfuerzos hechos en el pasado.

Se vislumbra en este Salón una auténtica representación de dicho arte, sobre todo a nivel de las imágenes tridimensionales, de las tallas, de las pinturas, aunque la llamada internacional, más bien se quedó corta y poco representativa y lo notorio es la presencia de un buen número de países hermanos. Nos damos cuenta que mientras se discute en torno a las mega exposiciones, asunto que no deja de ser beneficioso para la crítica y para la reflexión del país, el Arte Popular se encuentra en una etapa precisa, clara, diáfana, de mucho crecimiento y de extraordinaria calidad plástica, lo que ha sorprendido al público cautivo, a propios y extraños. Porque en este tipo de arte no hay poses, intelectualizaciones adrede, posturas calculadas.

Todo fluye en el marco de la creatividad, de lo autóctono, de lo realmente creativo. Por ello nos sorprendió a todos y cada uno de los jurados, la extraordinaria calidad de los trabajos, la mayoría de ellos premiables, dignos de museos o de inobjetables colecciones y además es la representación del arte popular de toda Venezuela, de todos los Estados, pero sobre todo de los andinos, aunque no por ello, los estados orientales no dejaron de tener su magnífica presencia.

Un recorrido, a partir de estas modestas crónicas, más o menos global y “a vuelo de pájaro”,  por cada una de las salas implica de hecho el reconocimiento de un arte imaginativo, cuando Rafaela Baroni (Premio a la Trayectoria Artística), en el primer pasillo, nos esperaba con una talla realizada como pensando en los gnomos, en los duendes de nuestros Andes, que se convierten en raíces, en seres devenidos de los encantos, de las piedras encantadas, de los árboles que son mujeres y hombres cargadas de magia y de misterio, de ángeles de cuatro pies, por lo demás inverosímiles. El mundo de la Baroni, no deja de ser histriónico, sufrido y gozado, apasionante, emprendedor, no sólo como tallista, sino que toda la vida ella ha sido la protagonista, mujer que se desdobla, que puede escribir un poema y leer las cartas o la cédula, como meterse en una urna y “morirse”, para luego revivir.

La Sala Uno corresponde ya a la idea siempre presente de lo religioso, pero combinado con lo urbano, con la creación bíblica de la humanidad, o con la historia de Venezuela, con las propuestas paisajísticas, o en combinaciones de temáticas, de hechos, pero es indudable que Santiago García, sorprende por la obra tridimensional, maravillosamente solucionada en el tiempo y en el espacio real, para ofrecer la idea de ascenso, de movilidad ascendente a partir de figuras humanas o humanoides y poder brindarnos el hecho de lo terrenal y de lo celestial, dentro de un mismo tronco, donde dos figuras patriarcales se repiten mientras que otra figura, diabólica impregnada de rojos infernales, pertenece al mundo de lo terrenal, por lo que sin duda alguna correspondió a  uno de los premios asignados por el jurado, de forma unánime. Aquí destacan además Elvia Armas, Coromoto  Rodríguez,  Javier Capote, Bárbara Colmenárez, Jesús Blandín, José Faneite, Edito López, Margarita Rivas, Oswaldo Mora, María Valero de Araujo, Jorge Romero, Gerardo Avendaño, Josefina Rey, Benita Calderón (mención), debido a su visión eminentemente infantil,  entre otros.

Reina de buenas a primeras, en la Sala Dos, la apoteósica obra de David González, premiada, referida a la Divina Pastora, en homenaje al culto mariano, llevado a cabo en Lara, con una solución de elementos que corresponden a la cultura (cardenalito, cactus, cabras, etc.) de esta tierra xerófila y crepuscular; llama la atención los textos incorporados a manera de poemas por el reverso(espalda) de la talla. Lo bucólico, la vida en los barrios, la capacidad de nuestros artistas de llenar todos los espacios, sin miedo se nota en las obras de Dionisio Veraméndez, un maestro de la plástica, en cuanto al puntillismo y las temáticas folklóricas, como lo demuestra en su obra; sorprende Guillermo Bello, Otilia Idogro, con una riquísima obra hecha en detalle, de varios cuadros a la vez, con perspectivas diferentes y extraordinario colorido; Juan de la Cruz Andrade, con una talla preñada de realismo y de expresión; Francisco Delgado, con su devoción mariana  de “La Chinita”; David Bello y Socorro Salinas, dos versiones diferentes de acercarse a la ciudad, rítmicas, geométricas, vivenciales. Palmira Correa, obra premiada,  expresiva, de un magnífico sentido de la composición y de visión cromática, en el uso de iconos venezolanos, donde predominantemente llama la atención el carácter de los ojos de cada uno de los personajes.

Si entramos a lo que podría ser la tercera sala, notaremos la presencia de los temas bolivarianos y nuevamente la religiosidad también se hace sentir a partir de las obras de Leonardo Revilla, Fran Morales, o de Cirilo Rodríguez (mención);  de la cotidianidad perenne como Navor Terán, un maestro trujillano; del fantasioso y lúdico José Rafael Mijares, representante del sincretismo y de la fábula; de José Castillo Díaz,  entre lo clásico y lo popular, con su talla de mujer; Alcides Inaga, misterioso y selvático; Elda Sulbarán con una singular pintura de tema musical; o nos podemos encontrar con El Quijote de la Mancha, protagonista a partir de la obra de la espigada talla de Ernesto José Díaz, como lo es además la figura de Bárbaro Rivas en la curiosa y necrofílica pintura de Alí Darias (mención).

La sala contigua, cercana a las escaleras, se caracteriza de nuevo por lo religioso, surge lo internacional, el urbanismo de Maracaibo, una pintura negroide, el costumbrismo, lo telúrico, los bañistas,  la dicotomía del bien y del mal,  visiones contemporáneas de la cibernética, en la cual protagonizan los artistas Carlos Andrade, Javier Capote, Joel Albino, Julio Gómez Guerrero, Luis Méndez, siempre enigmático, Omira Lugo, expresionista e impresionante, Bulvio Rodríguez, Feliciano Gómez, Fidel Villegas, Eliel Lubo, Bervin Moore, Julio García, Luis Padrón, José Orlando Guerrero.

De la Sala mayormente dedicada al arte internacional  llamó la atención la obra, premiada, de Antonio Huillca Huallpa , por cuanto es una pintura de múltiples escenas que se refieren a la vida cotidiana e histórica del Cusco, de donde es originario el artista, en tanto presenta una rica crónica segmentada pero a la vez hilada, por los acontecimientos tanto míticos, como reales. Las otras obras de alguna manera representan la idiosincrasia, el misticismo, las leyendas  de cada uno de los países como en los casos de Charles Dufrán, con un paisaje negroide, costumbrista; Julio Breff, quien con ingenio y humor le canta a la agricultura, a la música y a la mujer, en una   especie de parodia visual; Lida Saczovski, con una pintura circular, anecdótica, arquitectónica y también costumbrista; Manami Manami, con una obra simbólica, mítica y exuberantemente cromática; Marga Fabri con unos iconos arquitectónicos fantasiosos, dentro de una pintura surrealista y geometrizada; Ozias con una obra donde se interpreta un ritual brasileño, de vida y muerte, dentro de un espacio oscuro, clarificado a su vez por la vestimenta blanca de los personajes interventores y de la paloma. Dentro de estas obras llamó la atención el trabajo de Inés Machado por su barroquismo y patetismo tratándose en este caso, de la muerte de Simón Bolívar, compuesto por una serie de piezas tridimensionales, por lo que fue uno de los trabajos con mención, polémico y sin duda alguna interesante.  

Otros compartimientos o salas logran integrar el arte desarrollado en las regiones orientales del país, donde se asoman temáticas en honor al líder Hugo Chávez Frías, la exuberancia tropical oriental, los temas bolivarianos, las temáticas  indígenas, la influencia del entorno del mar, como leiv motiv o para la utilización de materiales. En este sentido destacan las obras de Pablo Antonio Millán, cuando incorpora a su concepción mariana de la pintura (Virgen del Valle), a toda una serie de ángeles y una leyenda referida a la contaminación, dentro de unos colores azules y sepias, obra premiada;  sorprende Reina Hidalgo en tanto arma su trabajo con elementos marinos, de caracoles, ostras, para darnos una obra maravillosa que recuerda,  al surrealista Max Ernst, sólo que aquí la artesanía impera;  Tomás Salazar, veterano artista de raigambre popular y selvático; Jesús Rafael Natera, con una obra primogénita e infantil.

Por supuesto que las apreciaciones no pueden acabarse con esta somera lectura, máxime cuando los espacios exteriores, los pasillos, cualquier rinconcito del Museo fue utilizado para la milagrosa museografía, hecha en esta solariega casa de Petare. De ahí que por ejemplo encontraremos una campante y férrea obra de Alberto Manzanilla,  andino, premiado por su  mensaje rotundo, social,  al referirse a la situación de la mujer y el cambio de actitud de la misma que ya no se siente sumisa y destruida por la concepción machista latinoamericana. Norman Corrales (mención) por su concepción humorista, su imaginación y utilización de materiales extrapictóricos para la creación; Rosa Contreras por el sentido de la composición, el dibujo y su cromatismo; Rosa Vegas por cuanto su mundo emerge de su hábitat y entorno primaveral y realista, desde su hogar de barro, cal, canto y murales; Yanely Silva, debido a su fantasía infantil desbordada, digna de algún cuento fabulado de la mejor literatura; Vladimir Simón Galindo cuya solución mimética sorprende entre la animalidad y la naturaleza; Antonia Azuaje quien de alguna manera hace recordar al “Hombre del Anillo”, Antonio José Fernández,  sólo que ella es más suave en su cromatismo. Demetrio Valero  con una concepción fresca, alegre y primaveral del mundo que eleva papagayos, como un canto por la paz; Domingo Escalona, con un Cristo flagelado, triste, iracundo y solemne, Fernando Andrés Rodríguez, con una obra hermosamente cromática y sensual por el color mismo;  Fidel Villegas  debido a la relación, en la talla, establecida entre Bolívar, Cristo alado y los ángeles cuando el segundo y estos últimos rescatan el cuerpo de El Libertador; Gerardo Avendaño,  con una visión emanada desde el infinito universo y  referida a preceptos y leyendas cristianas, donde predomina lo celestial, el infierno, lo terrenal, los ángeles,  al lado de la música, el castigo, el bienestar, el cielo prometido; Jesús Jiménez, obra humorosa en la cual los patriotas luchan contra figuras del imperialismo representadas en Superman, Batman y la Mujer Maravilla; José Andrade  con su talla de ángel y demonio, dicotomía entre el bien y el mal,  a partir de la utilización de la madera mimética; José de Jesús Calvete con una extraña y colorística pintura donde se “narra” el asesinato de Zamora, Lelis Guerra con una primaveral y popular pintura, de mujeres,  rodeadas de flores; Máximo Rodríguez  con un extraordinario paisaje costero; Miguel Hernández con una figura grotesca y cómica a la vez, de un vendedor de helados, agigantado, en tanto personaje de pueblo.

Este Salón, de indudable raigambre popular, autóctono, reivindicativo de nuestras artes y de “los poderes creadores del pueblo” expresa claramente la infinita riqueza que seguirá por el camino de la investigación, de la improvisación informal, de la sinceridad, sin miedo al color o a las formas tridimensionales, abierta hacia la imaginación. Por ello lo aplaudimos, con la admiración profesada  al patrimonio que nos permite tener una identidad, una forma y mil formas de identificarnos, de autoreconocernos, de autoestimarnos. El gesto de buena voluntad demostrado por el Ministro Farruco Sesto, al aumentar el monto de los premios y también al premiar a las menciones, que en principio no recibirían el metálico, expresa el entusiasmo, el reconocimiento de un arte que se crece y que definitivamente nos representa.