Fernando Lamberg

Poeta

fernandolamberg@cantv.net

Chilenos en el mundo

marzo de 2006

El viento de la dictadura

lanzó a muchos chilenos fuera del país

pero no impidió que ellos llevaran

la patria en el alma y lanzaran su semilla

en los más distantes lugares.

Verdejo en Berlín, Machuca en Amsterdam,

Soto en Hong Kong, González en Vietnam,

Jiménez en Moscú, Montesinos en Irán,

Olavarría en Praga, Carrasco en París,

tantos exiliados en los campos de América.

Y por todas partes fueron apareciendo las empanadas,

las humitas, el pastel de choclo, la cazuela de mariscos

y por encomienda viajaban los locos y el cochayuyo,

el orégano y el luche, los piures, el mote, los huesillos,

En Egipto aparecieron los picarones y en China las sopaipillas,

en Estocolmo el tinto con duraznos

y en Irlanda el blanco con frutillas.

Se prepararon intentos de curanto en olla,

de prietas con puré, de orejas de chancho, de chupe en lebrillo,

y en sitios tan lejanos escucharon que iríamos al tiro,

que como Colo Colo no hay

y se oían los discos de Violeta y de Víctor

y los poetas recordaban Chillán y Antofagasta,

Santiago y Valparaíso.

En otros paralelos se habló de chilotes y araucanos,

de nortinos y sureños,

de la cacha de la espada y la madre del cordero,

de la laguna de las tres Pascualas,

del atorrante Pedro Urdemales, del trauco y las pincoyas.

La cueca taconeó con el aro aro de Ña Pancha Lecaros

y en nombre de O’Higgins y en nombre de Allende

se abrieron plazas, calles y avenidas.

Al llegar a un lugar de fiesta

algunos aseguraban que se parecía a El Rosedal

y una muchacha hermosa había escapado del Bim Bam Bum.

Por supuesto ninguna montaña era más alta que el Aconcagua,

ningún lugar más frío que el salar de Atacama,

ningún manto más sagrado que el de la Virgen de Andacollo,

ningún santo más heroico que San Sebastián de Yumbel,

ni flor más bella que el copihue

ni pingüinos más hermosos que los de nuestra Antártida

y cachai compadre que estamos vivos

y algún día regresaremos porque la dictadura va a caer

y nos sentaremos en el Mercado Central de Santiago

o en cualquier otro mercado

y aunque hayan demolido Las Tejas

volveremos a tomar un buen vaso de chicha

porque no hay mal que dure cien años

y una gran alegría vendrá después de la desdicha.