Fernando Lamberg

Poeta

fernandolamberg@cantv.net

Muerte y renacimiento del compañero Allende

marzo de 2006

Apoyó el cañón de la metralleta contra su barbilla.

El combate había durado varias horas.

Desigual combate entre un puñado de valientes

y las desatadas furias del infierno.

Las bombas de los aviones incendiaron el palacio.

El alcanzó a incendiar un tanque enemigo.

La metralleta era el regalo de otro combatiente,

de un combatiente que llegó al poder

por la justicia y la violencia;

pero él, el hombre que estaba entre las llamas,

alcanzó el poder por la elección del pueblo

y juró defender el poder que recibió,

la confianza en él, la amistad, la fe.

Juró defender con su vida el poder popular,

el mandato que le fue entregado.

 

Vivió heroica y dignamente

y sabia la ruindad de sus enemigos.

Sabia que la infamia tratarla de ofenderlo y humillarlo.

No quiso que quebraran sus manos.

No quiso que las águilas del imperio

rasgaran sus entrañas.

Sabía que su recuerdo brillaría

sobre la calumnia y la infamia.

En un segundo pasaron ante él las imágenes de su existencia:

los años de estudiante, de médico, de senador, de presidente,

todos los años con el pueblo y para el pueblo.

 

Otra vez la oligarquía había ganado una batalla;

pero no había vencido en la guerra

porque esa guerra continuará hasta que cada niño

sonría ante un vaso de leche,

cada joven pareja se detenga a contemplar las nubes,

cada anciano sienta en sus venas

una chispa de la antigua primavera,

cada sendero lleve hasta la paz y la justicia.

Oprimió el cañón contra su barbilla y disparó.

Con la ráfaga de la metralleta

comenzó su largo camino hacia las anchas alamedas.