Carmen Gloria Acuña

Asistente Social, Comisión Nacional de los Derechos Humanos

El hombre torturado

1989

Enviado por Freddy Alonso Oyanadel, junio de 2006

Lo miro, lo toco, lo siento.

Sin alargar la mano

estoy tocando

el cuerpo dolorido

del hombre torturado.

 

No necesita hablar,

me hablan sus ojos

de parpadeos agitados.

Su mirada huidiza

de vergüenza,

el sudor frío de sus manos.

 

No necesita contar

la vieja historia

repetida de siempre,

y en estos años

el pilar del poder

establecido.

Del uso del poder

ilimitado.

 

No necesita hablarme

del dolor de las amarras.

Del puntazo insoportable

en los testículos,

en la lengua, en la sien.

Ni mostrarme

la piel enegrecida

por los golpes,

ni el miedo pegajoso

a la amenaza.

Me lo dice el temblor

de su mejilla.

 

No necesita

tan sólo hablarme.

Porque siento su impotencia,

el llanto atravesado

en su garganta.

Su asombro ante la maldad

sin máscara.

Porque toco sin tocar

sus llagas.

Y bajé con él,

al oscuro cuarto de la celda.

 

No necesita hablar,

pero me habla.

Y miro este hombre descompuesto,

disgregado en emociones

no asumidas, que rebalsan.

 

Y pienso en aquel que hundió

su carne.

Que trituró en las manos

su existencia,

cumpliendo con celo

su trabajo.

Y me pregunto, si

dormirá tranquilo,

o de cuando en vez

soñará pesadillas

y creerá ver

deforme en el espasmo

el rostro de tantos

torturados.

 

Si la Justicia de los hombres

será algún día Justicia.

Si se limpiarán las manos

de los jueces

que condenan sabiendo

que en el grito

desgarrado de dolor

gritó su crimen, confeso, el inocente.