Andrés Bianque

Poeta chileno

andresbianque@hotmail.com

Trilogía

Nattino, Parada y  Guerrero

Del libro, Poesía en Luto, 2004

Publicado en agosto de 2006        

Cae la tarde mestiza de otoños e inviernos

Una mulata oscura llamada noche se adueña de la angustia.

Tres tristes tréboles y su cuarta hoja escarlata, se elevan hacia la tierra, vuelven

Hacia el útero primario, el claustro callado de la  humanidad.

 

En el reloj negro de la desgracia sonó la hora

Una campana de hielo oscura y filosa va aserrando el hueso tierno

La sangre dormida, la carne exhausta.

 

Jamás el acero tuvo tan triste destino. Tan abyecta misión.

 

Tres tristes tigres traicionados,

Tres hombres, tercer mes, tres tráqueas trituradas.

Tres amapolas raptadas por el invierno perenne

 

Tres hombres y en ellos todos los hombres.

Tres hermanos y en ellos toda la sangre reunida.

Tres líneas insignificantes ante tanto dolor.

 

El momento toma un respiro...Y desgarrado en su propio frío lapso

deja que los perros muerdan.

Ni toda la locura del mundo acumulada en una empuñadura les da valor para

Rasgar la vestidura de frente, a los ojos, a la cara.

 

Entonces...

 

La lengua verde del viento gime a través  del ramaje enlutado por la noche.

Las hojas miran hacia el suelo, las raíces hacia el cielo.

Una luz negra de muerte quema el entorno.

Una tribu de truenos por latidos, prepara la hoguera fluvial de la sangre.

Un panal de nubes se frota insistente.

 

El sable heredado, el cuchillo escondido bajo la manga, relincha como el caballo sin riendas de la ambición.

 

Comienza la carnicería. La dicotomía. La disección. La matanza.

Comienza el sacrificio. La aberración. La infamia.

 

La hiedra verde comienza a devorar tres ababoles dormidos. 

 

Y rebanan tres vidas, tres hombres, tres trabajadores.

Les abrieron la garganta, en un ritual digno de lo que son.

La sangre busca las raíces, las flores dormidas sobre las piedras.

 

Más que abrir una garganta, abrieron una puerta, por donde entrar a la  historia. 

 

Una ventana por donde mirar el verdadero color de la muerte.

Marcaron nuevamente la senda por donde pasó el obrero desterrado.

 

(Y aquí las palabras se vuelven uñas, dientes, desgarros, puntapiés, lágrimas, rencor e impotencia, las palabras se hacen triviales, no sirven sino para atar esa gran carga

Inmensa de dolor.)

 

Y como parto de fantasmas, como beso de chispas.

Como desamparo de plaza. Como lamento de violín.

Como despedida eterna.

Se nos van de las manos tres pájaros hacia el cielo.

 

Aunque haya caído el último grano de arena en el reloj de la historia:

Se repetirán vuestros nombres.

 

Un Guerrero muerto enseña su última sonrisa.

Una Parada hacia la eternidad.

Una noche de adiós llamada Nattino.

 

La cabeza de un hongo venenoso ríe a lo lejos

Su carcajada gastada, más parece un eructo del infierno.

 

Recostados en un lecho bóreo de piedras, flores, ramas y pájaros

Los encontraron.

Y comienza la historia, esa historia que no se olvida, que sigue y se repite.

No fueron los primeros, no serán los últimos.