Narciso Isa Conde

Cuadernos Nuevo Sur Sudaca

N° 21-22, julio-diciembre 2006

Venezuela: partido único de la revolución.

Pensando en voz alta

Santo Domingo, Rep. Dominicana, 19 de septiembre de 2006

“Crear una nueva izquierda revolucionaria, pues, es uno de los retos más importantes después del primer lustro del Siglo XXI, dadas las insuficiencias que exhiben las izquierdas constituidas en el siglo pasado, especialmente una parte significativa de las estructuradas en partidos.”

 

“Los partidos políticos concebidos dentro de la lógica del capitalismo liberal, incluyendo las formas partidarias creadas para confrontar los partidos de la burguesía, parecen caducar, imponiéndose la necesidad de nuevas reflexiones respecto a las formaciones políticas y sociales revolucionarias correspondientes a la actual etapa histórica de la humanidad.”  

de Narciso Isa Conde

 

En el siglo XXI: ¿Cuál Democracia? ¿Cuál Socialismo?

 

Desde un país de la Patria Grande, Narciso Isa Conde contribuye al debate alentado por el Comandante Hugo Chávez en torno a la conformación de un “partido único” en la Venezuela revolucionaria. Dice Narciso: 

“…si me atrevo a hablar así de otro proceso que no es el dominicano, es por dos cosas fundamentales: porque siento la revolución venezolana, esa que le ha devuelto la esperanza a los grandes cambios revolucionarios, tan propia como la dominicana; y porque me siento no sólo militante de la nueva izquierda revolucionaria de República Dominicana, sino también del proyecto de la Patria Grande Socialista y de la globalización solidaria y socialista.” 

El comandante Hugo Chávez, presidente de la República Bolivariana de Venezuela, catapultó al debate continental y mundial el tema de la organización revolucionaria que exige el actual proceso venezolano en los albores del Siglo XXI, al plantear la “necesidad del partido único de la revolución” en ese país. 

Este planteamiento de Chávez, aunque centrado en los requerimientos de la revolución en su país, como el debate abierto sobre “el socialismo del Siglo XXI” o

“nuevo socialismo”, transciende las fronteras de Venezuela y toca los déficits, que en ese orden (en el de la creación y desarrollo de las vanguardias revolucionarias), exhiben las luchas contra el orden dominante en toda la región. 

Este tema como el de la democracia verdadera y el socialismo para Siglo XXI, ha ido objeto de serias reflexiones e interesantes debates desde hace varias décadas. 

Los cambios en el capitalismo y en el imperialismo, las crisis de los sistemas de instituciones políticas afines a ese orden económico-social, las negativas secuelas de las culturas e ideologías dominantes y el deterioro de la llamada democracia representativa liberal, así como el colapso del denominado “socialismo real”, motivaron la necesidad de esas discusiones y elaboraciones, todavía inconclusas. 

Las palabras de Chávez sobre estas cruciales cuestiones tienen la virtud de amplificar extraordinariamente los debates y los esfuerzos teóricos y prácticos llamados a sustanciarlos y enriquecerlos; provocan y despliegan, a la vez, enormes energías en esas direcciones. Su gran liderazgo nacional, continental y mundial, los sitúan, dinamizan y proyectan a extensiones, profundidades y escenarios superiores. 

Eso ha pasado con la apertura del debate sobre el nuevo socialismo. Y eso comienza a pasar con la propuesta relativa al partido único de la revolución y con el tema de la vanguardia política necesaria. Ambas cosas, por demás, están estrechamente relacionadas. Y ahora más, en el caso venezolano. 

En mis libros más recientes, he tratado insistentemente el tema del socialismo y específicamente de la necesidad de ajustar cuentas con las causas del fracaso del llamado socialismo real (estatismo, burocratización, corrupción, negación de la democracia, del poder popular, de la participación ciudadana, de la democracia de género…); he planteado también la necesidad de rearmar la propuesta, de rescatar sus valores democráticos originales (negados por la burocratización), enriquecer los contenidos del socialismo y precisar las características fundamentales tanto de la nueva democracia como de un nuevo socialismo, de un socialismo a tono con los avances del pensamiento revolucionario a la altura del inicio del Siglo XXI (Rearmando la Utopía, 1999; Los Halcones Atacan, 2001; En el Siglo XXI: ¿Cuál Democracia? ¿Cuál Socialismo?, 2006). 

Y si pertinentes son hoy las preguntas: ¿Cuál socialismo?, ¿Cuál democracia?, tanto como ellas es pertinente interrogarnos sobre la organización política que se requiere para llevar a cabo esos objetivos, drásticamente contradictorios con el capitalismo y el imperialismo dominante y con las actuales “democracias” funcionales y afines a toda su maquinaria de opresión, explotación y exclusión. 

¿Cuál organización?, ¿de qué tipo?

De entrada, la respuesta a esta pregunta implica tener en cuenta el propósito transformador que hemos asumido o nos proponemos asumir.  Y si de lo que realmente se trata es de reemplazar la formación económica, social y política vigente, por una nueva y contraria a los intereses y poderes que ella representa, es insoslayable hablar de una organización revolucionaria.  De una fuerza conciente, organizada, preparada y con un gran sentido de honestidad, capaz de politizar, movilizar, relacionarse, articular y conducir a los sujetos o autores sociales del cambio: a los (as) trabajadores (as) explotados(as), a los sectores empobrecidos, oprimidos y excluidos, a las clases y agrupamientos sociales dominados, discriminados y marginados materialmente y espiritualmente; capaz de librar la lucha en todos los terrenos y acumular los recursos y técnicas (incluyendo aquellos de carácter militar), que posibiliten crear, desarrollar y conquistar los nuevos poderes, vencer la dominación y abrir un proceso de transformaciones y tránsito hacia la nueva sociedad. Capaz de contribuir a formar seres humanos nuevos, honestos, solidarios y justos. 

Esto implica un proyecto y un programa revolucionarios, alternativos a la formación económico-social y al sistema político-institucional e ideológico dominantes y en crisis. 

La Crisis en Desarrollo 

La crisis que sufrió Venezuela y que padecen una gran parte de los países del continente, es la crisis de un capitalismo dependiente neoliberal, depredador, asesino de la naturaleza, patriarcal, racista, antidemocrático, adulto-céntrico, corrompido y corruptor. 

El sistema político, la institucionalidad y el orden jurídico en crisis es la llamada democracia-liberal-representativa, ahora contra-reformada desde la estrategia neoliberal. 

La globalización neoliberal, manipulada desde los centros imperialistas del capitalismo, y las reestructuraciones, programas de ajustes y contrarreformas derivadas de ella, ha potenciado la crisis en todos los órdenes en estos países dependientes, desatando un proceso de saqueo, destrucción de fuerzas productivas y empobrecimiento de seres humanos y naturaleza, sin precedente en la trágica historia del capitalismo latino-caribeño. 

Tal realidad impone la necesidad imperiosa de una alternativa integral que implique nuevos poderes, fuerzas militares propias y/o solidarias con el proceso revolucionario, nuevas instituciones y nueva democracia; camino a un verdadero socialismo, a un socialismo distinto al que fracasó, capaz de nutrirse de todas las rebeldías justas para asumir todas las liberaciones y reivindicaciones necesarias: de clase, de género, etno-raciales, medioambientales, generacionales… 

Gobierno y Poder: instituciones elegibles y poderes permanentes en las democracias liberales.

La dominación en las llamadas democracias liberales-representativas tiene dos grandes vertientes: los poderes temporales del Estado y los poderes permanentes en el Estado y en la sociedad. 

Los poderes temporales son aquellos que se someten a procesos electivos y se renuevan periódicamente (poder ejecutivo, poder legislativo, poder municipal o local y, en algunos casos, poder judicial).

Los poderes permanentes no se someten a tales procesos y tienen continuidad (fuerzas armadas y policiales, gran propiedad privada, medios masivos de comunicación bajo control privado, instituciones supranacionales, mecanismos imperialistas, misiones militares, ejércitos invasores, altas jerárquicas eclesiásticas...) 

Los poderes temporales son más bien instituciones gubernamentales y constituyen los gobiernos. 

Los poderes permanentes son los resortes fundamentales del poder dominante y están acompañados del uso de la fuerza militar y del dominio de la mente. 

Los poderes permanentes pueden ser (una parte de ellos) parte del Estado, pero trascienden esa frontera y actúan sobre la sociedad civil con su fuerza económica, sus organizaciones corporativas, sus mecanismos propagandístico e ideológico, sus recursos militares, su dominio de la información y del conocimiento. 

Todo esto debe remitirnos a diferenciar entre lo que es gobierno y lo que es poder permanente, sin menospreciar el valor de ser gobierno.                                                                                                                      

El control de poder real implica hegemonía (autoridad, influencia, relación, organización, conciencia) en la sociedad civil y sobre los resortes fundamentales (civiles y militares) del Estado, no solo en sus instituciones elegibles, sino además en sus poderes permanentes, incluido de manera sobresaliente el poder de las armas. 

El actual poder de la gran burguesía es local, nacional, continental y transnacional, implica una asociación entre el gran capital criollo y el capital transnacional. Implica además, su simbiosis con el machismo, el racismo, el ecocidio y la hegemonía de los adultos. Implica la opresión, discriminación y explotación sobre los asalariados (as), los (as) excluidos (as), las poblaciones originarias, y en no pocos casos sobre los negros, mulatos, mestizos. 

El neoliberalismo y el militarismo imperialista que lo acompaña, por demás, ha potenciado la capacidad destructiva del capitalismo contra la humanidad y la naturaleza. 

Necesidad de la vanguardia revolucionaria 

Derrotar, reemplazar, sustituir esos poderes en la ruta hacia la nueva democracia y el nuevo socialismo –algo que se ha iniciado en Venezuela y que está planteado en muchos países del continente- precisa de fuerzas sociales, políticas y militares capaces de lograr esos trascendentes propósitos. 

Entre esas fuerzas hay que resaltar la necesidad de la organización política revolucionaria, la vanguardia revolucionaria, estrechamente relacionada con las clases y sectores sociales del cambio, con los movimiento sociales y organizaciones populares, profesionales, estudiantiles, juveniles, femeninos, ambientalistas, de pequeños y medianos propietarios; y con suficiente autoridad e influencia sobre la pobresía desorganizada y con suficiente fuerza militar para reemplazar el viejo aparato. 

Para contribuir con su poder articulador, unificador, sintetizador y conductor dirigido a la creación, desarrollo y conquista de un poder alternativo, estatal y no estatal; para garantizar el tránsito hacia una nueva democracia y un nuevo socialismo, esa vanguardia tendría que asumir un programa con esas características, y educar y movilizar el pueblo en esa dirección; proponiéndose vencer el enemigo en todos los escenarios. 

Tendría que representar y expresar la liberación clasista respecto a la gran burguesía criolla y transnacional, la liberación de la mujer respecto al patriarcado y al machismo, la abolición de la discriminación y exclusión por razones de razas y edad, y el vínculo armónico entres los seres humanos, los programas de desarrollo y el medio ambiente. 

Cualquier cojera en algunos de estos aspectos (cada uno con sus niveles y grado de importancia y trascendencia), terminaría afectando el ideal de la democracia verdadera y el proyecto de nuevo socialismo. 

Sus fuentes teóricas y sus acciones prácticas deberían inspirarse en los grandes aportes del socialismo científico, en las cosmovisiones indígenas, en el pensamiento social avanzado de los próceres de nuestra primera independencia, en el feminismo socialista-revolucionario, en el ambientalismo transformador, en la teología de la liberación y en los más recientes aportes impugnadores del capitalismo y el imperialismo actual. 

La multiplicidad de actores sociales anti-sistémicos, la diversidad del abanico político- social anticapitalista, los variados contenidos de la emancipación integral y del proyecto de tránsito hacia el nuevo socialismo, aconsejan no encasillar, ni reducir las fuentes teóricas y las experiencias vividas; esto sin dejar de reconocer de mi parte, el enorme valor y el carácter imprescindible del método marxista. 

Solo así puede crearse progresivamente una democracia no burguesa, no patriarcal, no racista, no adultocéntrica, no depredadora de la naturaleza…Y avanzar hacia un socialismo liberador en todos los órdenes, participativo e impregnado de prácticas afines a la democracia directa y al propósito de extinguir progresivamente el Estado y crear finalmente una sociedad libremente organizada y autogestionada. 

Esa vanguardia, si bien es parte de la sociedad, no obligatoriamente tendría que ser un partido como los concebidos en el contexto del predominio del liberalismo capitalista; no necesariamente habría que bautizarlo con ese nombre e incluso debería ser significativamente diferente- en el sentido de su enriquecimiento- a los partidos revolucionarios del Siglo XXI. Ella, por demás, no se forma de sopetón e incluso puede presentar fases en que, aun dispersa y en proceso de gestación, tenga cierta efectividad y garantice transformaciones parciales como acontece en Venezuela. 

Un capitalismo y un imperialismo diferente, una nueva democracia y un nuevo socialismo, exigen una vanguardia revolucionaria diferente a aquellas que correspondieron a otros estadios del desarrollo capitalista y a otros niveles del desarrollo del pensamiento revolucionario y socialista. Exigen nuevas vanguardias, llámense como se llamen. 

La denominación de esa vanguardia no es lo decisivo, aunque pueda tener su importancia relativa.  Podría llamarse partido, movimiento, fuerza, organización político-social…, aunque yo prefiero no ponerle el traje de partido, dado que ha sido el instrumento político más generalizado y desacreditado, y en vista de que no pocos de los partidos realmente existentes (de derecha y de izquierda) han contribuido a identificar ese nombre con prácticas antidemocráticas, con formas verticales de organización, con mecanismos manipuladores o segregados del resto de la sociedad, incluidas sus defectuosas y hasta perversas formas de conquistar el voto. 

El descrédito de esas formaciones políticas se ha generalizado demasiado y los sistemas políticos electorales dominantes las han convertido en parte de su nomenclatura, hasta el extremo de obligar a su inscripción como tales. 

Las llamadas democracias electorales han provocado que las organizaciones políticas denominadas partidos se dediquen prominentemente al quehacer electoral, y se dejen contaminar por un sufragio pervertido en detrimento de la creación y desarrollo de los espacios y mecanismo de poder alternativos. 

El sistema político –electoral de las llamadas democracias representativas potencia la “invisibilidad” de los poderes permanentes en el Estado y en la sociedad civil, y estimula la seudo-cultura del partido exclusivamente destinado a ser parte o a controlar las instituciones renovables dentro de los poderes temporales. 

Las nuevas organizaciones políticas, o político-sociales revolucionarias, las nuevas vanguardias, deberían procurar una clara diferenciación de esa realidad que impregna el actual sistema partidista. 

Procesos variados de formación 

Los procesos, los tiempos, los métodos, las fases y mecanismos que podrían tener lugar en la ruta de formación de las nuevas vanguardias, podrían ser muy variados, según las circunstancias y de acuerdo a las de características de sus acumulaciones en el plano organizativo y teórico.  En algunos casos ese proceso puede ser más compartido y más colectivo que otros.  En determinadas situaciones las fuentes de origen pueden ser más diversos y los liderazgos también.  A veces una organización y un liderazgo pueden hegemonizar su proceso de formación. Pero otras veces no, sobretodo si el liderazgo es posterior a su procesos de maduración. Entonces resulta tener mas peso desde el inicio lo colectivo. 

En ocasiones la dispersión previa al inicio de los cambios es superada inmediatamente después. En otros perdura en un plazo mayor.  En esto no hay recetas, aunque siempre los déficits en el proceso de su conformación se traducen en déficits de la revolución y en problemas que gravitan sobre ellas.  Su acumulación de fuerzas y la diversidad de las mismas -políticas, sociales, culturales, militares- son imprescindibles, aunque sus realizaciones satisfactorias no vayan parejas. También los déficit en una u otra de estas vertientes influyen en los buenos y malos resultados. 

Lo más importante en todas las cosas es su carácter selectivo, la conciencia política y la presencia a su interior de dirigentes nacionales e intermedios bien formados. 

¿Partido Único? 

A mi entender, la vanguardia, llámese o no partido, nunca debería autoproclamarse “única” o “único”.  La conformación de la vanguardia es un proceso que tiene incorporaciones diversas en el tiempo, previas alianzas estratégicas necesarias. 

La idea no es unir todo en una sola organización, incluyendo lo que no sirva o lo que esté considerablemente contaminado. Tampoco forzar los componentes revolucionarios que se resistan o retrasen en el proceso unificador. 

La meta es formar una gran fuerza organizada y transformadora, aunque no necesariamente única en términos estructurales.  La idea más certera es lograr autoridad bien ganada dentro de la sociedad, no forzar a otros y otras a ser parte del mismo cauce organizativo.  

Debemos cuidarnos de que las propuestas de partidos únicos y organizaciones únicas de la revolución se realicen a costa de la diversidad revolucionaria y de la democracia socialista, violentando el principio de la libertad de asociación con fines políticos. Más aun hay que oponerse a cualquier tendencia o paso que facilite la implantación del sistema de partido único en la nueva sociedad o en el tránsito hacia ella. 

Eso ya pasó en el “socialismo real” con malos resultados. 

Hay que garantizar el máximo de participación, preservar la diversidad real, el debate de las ideas, la capacidad crítica de las fuerzas sociales y de las personas. Hay que estimular que se multipliquen las escuelas y que florezcan todas las flores. 

El caso venezolano 

Dicho todo esto- y dicho para tenerlo muy presente en el caso venezolano a la luz de la propuesta del comandante Chávez- paso a analizar y valorar esos planteamientos en relación con la situación de ese país hermano y su actual proceso revolucionario. 

La unificación de la totalidad o la mayor parte de las organizaciones políticas revolucionarias anticapitalistas y pro-socialistas es una necesidad imperiosa en la Venezuela de hoy. 

El proceso hacia la Revolución Bolivariana - definido su curso antiimperialista, y cada vez más encausado hacia orientaciones anticapitalistas y pro-socialistas por la extraordinaria influencia del liderazgo de Chávez – necesita avanzar más aceleradamente en cuando a la conformación de su vanguardia colectiva, de su programa, de su estrategia y el proyecto de socialismo y sociedad que enarbole. 

Tiene un gran líder, firme, inteligente, sensible, capaz, valiente, audaz y cada vez más apropiado de las ideas revolucionarias. 

Tiene un pueblo humilde cada vez más conciente, revolucionario y combativo. 

Tiene muchas organizaciones, grupos y personas revolucionarias, partidarias de las democracias participativas y protagónicas y de las ideas socialistas, que a la vez están afectados por altos grados de división, dispersión y sectarismo. 

Tienen también, dentro de la avalancha bolivariana, no pocos dirigentes y militantes políticos oportunistas, proclives a la corrupción y a la politiquería tradicional. Entre ellos los hay quienes definen el socialismo del siglo XXI en términos socialdemócratas, e incluso están influidos por ideas neoliberales. 

Los hay simplemente desarrollistas, y en el fondo, pro-capitalistas; aunque expresando formal lealtad al liderazgo de Chávez. 

Existe además, mucha dispersión y escasa elaboración respecto al tema del socialismo del siglo XXI, junto a una gran debilidad formativa.  Esto pasa en el plano militar y en las fuerzas civiles. 

Aun con una derecha torpe y declinante, es todavía fuerte la influencia de los antivalores que predominaron durante la llamada IV República, bajo el liderazgo adeco y copeyano (clientelismo, carrerismo, facilismo, amiguismo, nepotismo…) Esa “cultura” ha infectado parte de las filas pro-Chávez, sobre todo en el gran partido electoral que es el Movimiento V República (MVR), y no solo.

A esa “cultura” se le agrega el enorme peso de la “cultura petrolera”, hija de la abundancia de dinero, del predominio abrumador de la renta petrolera en su economía (en el Estado y en la sociedad); generadora de un alto grado de parasitismo, de la práctica del dao”, de las salidos fáciles, del derroche y el dispendio de recursos. 

Esto infecta en alto grado el quehacer político, fomenta el paternalismo y estimula el menosprecio al sacrificio individual y colectivo, embotando el aporte voluntario. Mella la conciencia y la moral revolucionaria. 

El proceso hacia la revolución en Venezuela, además, está sometido a intensas y persistentes presiones contrarrevolucionarias internas y externas. A graves amenazas paramilitares y militares, a planes de magnicidios, acciones terroristas, ablandamientos e infiltración y agresiones militares directas del imperialismo. 

Unificación: necesidad urgente 

En ese contexto, la propuesta de unificación de las fuerzas revolucionarias, que es lo esencial del planteamiento de Chávez, responde a una necesidad urgente y procura superar un serio déficit dentro de un proceso revolucionario todavía inconcluso, no plenamente consolidado.  

Chávez golpeó acertadamente en el “pelao”, se refirió a una necesidad, repito, realmente imperiosa. Y no solo por lo ya descrito, sino también por su relación con otros déficits del proceso. 

La Revolución Bolivariana de Venezuela ha tenido un desarrollo muy desigual dentro de un camino tan inédito como original.  Su fase ascendente comenzó con el levantamiento militar del 1992 a cargo del Movimiento Revolucionario 200 (MBR-20), con el liderazgo del coronel Hugo Chávez.  Ese hecho provocó una ruptura trascendente en uno de los pilares del poder permanente (fuerzas armadas, policías, órganos de seguridad). Cambió la hegemonía política dentro de sus estructuras y catapultó el liderazgo de Chávez a nivel militar, a nivel civil, y sobre todo, a nivel popular. 

Eso no tuvo nada de pacífico y permitió armar en buena medida, aunque no suficientemente, la revolución en marcha.  Eso fue producto del impacto de la rebelión social (Caracazo) y de la masacre oficial en su contra. Aceleró el avance y la radicalización de los militares bolivarianos.  Y esto posibilitó posteriormente avanzar hacia la conquista y toma, por vía electoral, de las instituciones renovables del Estado venezolano; y desde allí se cambiaron las bases constitucionales del sistema político-institucional, hasta diseñar y poner en marcha una nueva democracia: la democracia participativa y protagónica (económica, política, social, de género, multiétnica, medio ambiental…). Los métodos democráticos empleados en el proceso de constituyente permitieron elevar la conciencia y la participación política del pueblo. 

La constitución de la República Bolivariana de Venezuela se convirtió así en el programa del primer tramo de este nuevo proceso revolucionario. Su empleo como tal ha contribuido a elevar extraordinariamente el protagonismo de amplios sectores de la sociedad. 

Pero esa avanzadísima constitución ha coexistido con un aparato estatal, leyes y normas que reproducen viejas prácticas y viejos vicios; normas y prácticas que garantizan la convivencia con la burocratización y las ineficiencias, y facilitan bloqueos y sabotajes que afectan la buena marcha y la velocidad de los cambios. 

De esto resulta una mediatización de la renovación de la gestión de gobierno y de la hegemonía revolucionaria en el aparato estatal, tanto en órganos elegibles como en instancias permanentes (aparatos de los ministerios, cuerpo diplomático, poder judicial, fuerzas armadas, policías, órganos de seguridad…) 

Y mezclado con la notable influencia de las “culturas política” de la Cuarta República y del Estado rentista petrolero, recicla prácticas de corrupción y otros males del pasado. 

En ese plano, pues, quedan muchos cambios revolucionarios por hacer. 

Las Leyes Habilitantes vinieron a reforzar la tendencia transformadora en el plano social y han agudizado las contradicciones de clase y la resistencia oligárquicas, aunque su lenta ejecución guarda relación con las ambivalencias del aparato del Estado y con los déficits en la formación, articulación y cohesión de los actores políticos de la revolución. 

El poder oligárquico, la gran burguesía dependiente (financiera, industrial, agraria, comercial) y el capital transnacional conservan, aunque a la defensiva, gran parte de sus intereses, aunque sometidos a nuevas regulaciones y presiones gubernamentales que nunca tuvieron.  En las comunicaciones mantienen un gran control sobre grandes medios. 

Perdieron, sí –y esto es muy trascendente en un país rentista petrolero-, el control sobre los hidrocarburos y riquezas naturales valiosas, lo que equivale a una gran expropiación estatal de sus recursos. La resonante victoria en la pelea por la gestión de PDVSA fue un paso importantísimo en materia de control de poder permanente y de la posibilidad de redistribución justa del ingreso nacional. El programa social de la revolución pudo dar un gran salto a partir de ese hecho. 

Pese a que en comparación con la Cuarta República se ha modificado la correlación de fuerzas en no pocos órganos de poder temporal –principalmente en el poder ejecutivo, legislativo, judicial, electoral etc.- y también en áreas del poder permanente, todavía quedan pendientes significativas transformaciones para convertir este proceso hacia la revolución en una autentica revolución. Esas transformaciones se refieren tanto a la cuestión crucial del poder estatal como a los poderes alternativos en la organización de base de la sociedad: Consejos Comunales y demás órganos de participación y control popular. 

Estas valoraciones y estos datos de la realidad, que no pretenden abarcar todas las vertientes y detalles del proceso, vienen a darle toda la razón a la necesidad de avanzar firmemente hacia la unificación del mayor número de fuerzas, tendencias y corrientes revolucionarias sociales y hacia la conformación en un nivel superior de la vanguardia de la revolución venezolana, estrechamente aliadas a las fuerzas antiimperialistas y patrióticas. 

Más imperiosa es esa necesidad si se tiene en cuenta que el sentido de integración latino-caribeña y el proyecto de Patria Grande que impulsa el liderazgo del proceso, exige no sólo políticas progresistas de Estado (ALBA; Petroamérica, Petrocaribe, Telesur, Eje Venezuela-Cuba-Bolivia, Oleoducto-Gasoducto, acuerdos de cooperación de contenido latinoamericanista y antillanistas…), sino además líneas comunes de lucha y solidaridad basadas en  políticas de articulación de fuerzas revolucionarias , de las vanguardias en gestación y de los sujetos y movimientos sociales de la revolución a escala continental y mundial. Y esto también necesita de una fuerza política conductora, transformadora, revolucionaria, que ni se limite ni se deje condicionar exclusivamente por la política exterior del gobierno. 

Esto requiere diferenciar la vanguardia revolucionaria del Estado y del gobierno, sin cortar la relación armónica, solidaria, complementar entre ambas partes. 

La vanguardia que se funde con el Estado deja progresivamente de ser vanguardia, llámese partido de la revolución, organización o movimiento revolucionario unificado. El liderazgo nacional y popular puede estar o no presente en ambas partes, pero es preciso definir su papel en una y otra dirección, diferenciando las acciones en ambas vertientes. 

Debate Trascendente 

La propuesta de Chávez relanza un debate de alto interés y puede dar inicio a un proceso más o menos promisorio de acuerdo como sea asumido.  Este trascendente planteamiento no debería considerarse como un decreto o una orden, sino como una invitación a la reflexión, a la creación heroica, a la realización de un proceso ejemplar. 

La efectiva y conciente unificación de las fuerzas revolucionarias en Venezuela, dada la diversidad y los desniveles existentes, parece estar relacionada más con un proceso que con un simple acto constitutivo. Un proceso, claro está, que hay que acelerar sin precipitaciones. Un proceso que necesita definiciones, depuraciones, pasos intermedios, articulaciones, debates, consultas.  Definiciones sobre el tipo de organización de vanguardia, su programa estratégico, sus fuentes teóricas, sus formas organizativas, los procesos de integración de las organizaciones, el rol del líder de la revolución, su relación con el Estado, su democracia interna, su proyecto de sociedad y de socialismo, su denominación, ya sea por fase o definitiva. 

Esto toca el destino de las organizaciones de izquierda existentes (MVR, PCV, MEP, Tupamaros, Podemos, PTT), el rol de los grupos revolucionarios y los movimientos político-sociales que no son partidos, el papel de los (as) revolucionarios (as) independientes y de los militares revolucionarios. 

Esto se relaciona con las políticas a definir respecto a los movimientos y partidos antiimperialistas y anticapitalistas del continente y del mundo, insurgentes o no, que están fuera de los gobiernos y luchando por hacer revolución en otros países del planeta. 

Precisa delinear políticas sobre las delicadas relaciones con la sociedad, los gobiernos y el Estado colombianos. El tema de la insurgencia (FARC, ELN y otros) y de la oposición de izquierda al gobierno de Uribe y a cualquier otro, asume una gran importancia en ese entorno sub-regional, 

Todo esto tiene que ver con el nuevo internacionalismo de las fuerzas de la nueva democracia y del nuevo socialismo, complejizada la política en cuestión cuando se es gobierno y a la vez factor revolucionario. 

Lo deseable es avanzar lo más rápidamente en todas esas direcciones, en todas las exigencias del consenso unificador; más frente a las perspectivas de recrudecimiento de la contrarrevolución imperialista y de sus planes de agresión derivados de la concepción de guerra infinita que asumen Bush y sus halcones.  Porque indudablemente esto exige crear más poder popular, más capacidad de defensa armada desde las bases de la sociedad, armar al pueblo, darle vida real a los Consejos Comunales y consensuar líneas de cooperación y solidaridad con todas las fuerzas revolucionarias de la región y el mundo capaces de disuadir y/o confrontar victoriosamente la agresión imperial. 

Estoy convencido de que una organización revolucionaria grande, fuerte, combativa –no necesariamente única y no obligatoriamente con el nombre de partido- es imprescindible para enfrentar exitosamente tantos y tan agudos desafíos. 

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