Mario Eduardo Firmenich

Cuadernos Nuevo Sur Sudaca

N° 20, abril-junio 2006

Eutopía. Una propuesta alternativa al modelo neoliberal

28 de enero de 2006

Reproducimos aquí la introducción y el epílogo del libro de Firmenich titulado Eutopía, publicado en su segunda edición por el Instituto Municipal de Publicaciones de la Alcaldía de Caracas.  En esta obra, un aporte fundamental contra la tesis neoliberal que ha causado estragos en todas las naciones donde ha sido aplicada, la invitación del autor es:

“En lugar de soñar con utopías, que son países que no existen, debemos asumir el desafío teórico, político-técnico de diseñar la Eutopía, que es ”la tierra del bien” que podemos efectivamente construir”.

INTRODUCCIÓN  

De los paradigmas caídos a la Eutopía 

Cuando éramos niños, cualquier persona, incluso un conservador, podía decirnos: “el mundo marcha inexorablemente hacia el socialismo, pero no tan rápido como pretende la juventud”. Por otra  parte,  el mismísimo Nixon llegó a decir “hoy todos somos keynesianos”. 

Pero en los últimos veinte años se derrumbaron los paradigmas ideológico-programáticos que alimentaban las políticas económicas de todos los movimientos populares del mundo, ya sea que se expresaran como movimientos nacionalistas revolucionarios, como movimientos populistas, como partidos de izquierda comunistas, o como partidos de centroizquierda socialdemócratas. 

Con el surgimiento del fenómeno de la estanflación (estancamiento con inflación) en los años ´70, se pusieron en crisis las políticas económicas keynesianas y, en consecuencia, la posibilidad de administrar eficientemente el Estado de Bienestar. Con la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 y el desmoronamiento de la URSS, en 1991 se desmoronó también el modelo de economía centralmente planificada y, por ende, la completa estatización de la propiedad. 

Estas crisis, lógicamente, afectaron a los propios paradigmas teóricos de dichos modelos socioeconómicos. la hegemonía conceptual y política pasó a manos del viejo liberalismo económico remozado bajo la denominación de neoliberalismo. Es en este contexto en que Fukuyama anuncia su malhadada buena nueva: el mundo habría llegado al fin de la historia. En la eternidad terrena que se iniciaba, el capitalismo puro, sin interferencia ninguna de las instituciones del Estado, sería el sistema perfecto. Ya no harían falta ideologías alternativas.  En lugar de ser todos Keynesianos, al decir de Nixon, seríamos todos neoliberales. 

La crisis de los paradigmas que fundamentaban el progreso con justicia social y redistribución de la riqueza arrastra a la mayoría  de los políticos  hacia una versión moderna de la realpolitik: el nuevo pragmatismo pasa por el endiosamiento del mercado o, como mínimo, la resignación ante el mismo. Se va construyendo así una monotonía en el discurso político que da lugar al llamado pensamiento único. 

Sin embargo, no faltan los lúcidos que se dan cuenta de que semejante uniformidad de pensamiento no es otra cosa que un totalitarismo asfixiante.  La juventud se retira masivamente de la actividad política. Las inevitables expectativas de cambio rumian su frustración al margen del sistema político y de la propia legalidad.  En esto se incuba un evidente peligro. Comienza entonces una exhortación a recrear las utopías. Muchos núcleos juveniles y militantes toman este mensaje y lo asumen como propio, como si nuevas utopías pudieran sustituir los paradigmas caídos. 

Pero éste no puede ser el camino. Los paradigmas caídos no eran utopías. Al contrario, eran programas muy concretos que funcionaron aceptablemente durante décadas.  El Bloque Socialista era una expresión nada utópica del socialismo,  al extremo que se la diferenciaba de cualquier idealismo al respecto denominándolo “socialismo real”.  Por su parte, el llamado Estado de Bienestar ha sido una realidad perfectamente tangible hasta el día de hoy en los países desarrollados de Europa.  Inclusive en muchos países del llamado Tercer Mundo, como Argentina, el Estado de Bienestar llegó a niveles muy avanzados.  No podemos suplantar un programa político y económico con décadas de experimentación social por una utopía. 

Centenares de miles de jóvenes en todo el mundo lucharon durante las décadas de los años sesenta y sesenta por un ideal que de ningún modo concebían como utópico.  El hecho de que hoy se acepte que aquel proyecto resulta inviable no quiere decir que haya sido utópico en su momento, sino que el mundo ha cambiado a partir del desarrollo tecnológico hasta un extremo en que hoy hace inviable proyectos basados en el poder del Estado-Nación. 

Tecnológicamente hablando, estamos pasando del mundo industrial  metalmecánico, centrado en la producción del automóvil, con energía basada en motores a explosión quemando combustibles de hidrocarburos, al mundo de la telemática, que combina la industria de la navegación espacial propulsada con combustibles sólidos, los satélites de comunicaciones, la telefonía de fibra óptica y unas computadoras personales inimaginables hace dos décadas, integradas en una red mundial on line. Ésta es la base tecnológica de la globalización. 

Por eso no se trata de reconstruir utopías. Se trata de reconstruir un modelo factible de progreso económico y justicia social para el mundo de las próximas décadas.  Sin embargo, un nuevo modelo de desarrollo sustentable necesita bases científicas y técnicas sólidas y diferentes de las prevalecientes, lo que implica formular una teoría consistente que fundamente un modelo alternativo de organización social y un conjunto de políticas sociales y económicas capaces de construirlo y administrarlo sosteniblemente.   

En lugar de soñar con utopías, que son países que no existen, debemos asumir el desafío teórico, político-técnico de diseñar la Eutopía, que es   ”la tierra del bien” que podemos efectivamente construir. Construyendo la Eutopía  -como un modelo compuesto por un conjunto de reformas institucionales y políticas alternativas para un desarrollo sostenible en los planos social, económico, político y ecológico, apoyadas sobre fundamentos teóricos más sólidos que los supuestos de la economía neoclásica-, acabará el reinado del pensamiento único y, gracias a la infundada expresión de Fufuyama, iremos más allá del fin de la historia. 

El neoliberalismo 

El subtitulo de este trabajo anuncia la pretensión de presentar una alternativa al neoliberalismo. Cabe decir, entonces, algunas palabras introducidas sobre este último. 

El neoliberalismo no es un hecho de la naturaleza ni un devenir estructuralmente inexorable de la historia. Es un modelo en el doble sentido en que suele usarse esta palabra.  Supone no sólo una esquematización simplificada teóricamente acerca del correcto funcionamiento del sistema económico, sino también una propuesta impregnada de un sistema de valores, acompañada por políticas específicas  para modificar la situación imperante y construir una realidad diferente de la preexistente. 

Desde principio de los años ´80, con la llegada al poder de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se desarrolló un programa neoliberal-conservador  que impulsó un proyecto de sociedad integral y mundial, un intento de homogenización global.  El neoliberalismo conformó un programa cuya difusión y expansión mundial fue impulsada por los estados del capitalismo avanzado, sobre todo, por los Estados Unidos.  Lo hicieron por la doble vía de la acción individual de los Estados y por medio de las instituciones económicas-financieras multilaterales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.  Estas instituciones se convirtieron en la herramienta fundamental para la imposición de los ajustes estructurales, primero en el sur y luego en el ex bloque soviético. 

Un rasgo característico del neoliberalismo ha sido la liberación de los mercados a nivel mundial.  Promueve así un modelo específico de globalización económica.  En efecto, no hay un único modo posible de integración económica mundial en el actual estadio de desarrollo de la humanidad.  Así, lo que conocemos en la actualidad es el modelo particular de la globalización neoliberal, homogeneizadora, iluminada por el pensamiento único. 

¿Qué grado de imposición ha logrado el modelo neoliberal en el mundo?  No cabe duda de que es hegemónico, pero su desarrollo no puede ser sino tan desigual como el propio desarrollo capitalista.  La Unión Europea no es todavía una sociedad plenamente neoliberal, aunque sí lo es el pensamiento y el poder político-económico dominante; dadas las barreras sociales que existen y la inercia de instituciones fuertes y populares, la Unión Europea sigue siendo una sociedad mixta. Pero en los llamados países emergentes, el neoliberalismo domina mucho más que en Europa a sus respectivas sociedades. 

Si bien es cierto que el activismo radical del neoliberalismo no tiene los mismos bríos en los países centrales que en los periféricos –la pérdida de soberanía estatal es mucho más acentuada en los Estados con fuerte endeudamiento externo, donde tanto los grandes especuladores financieros como las agencias multilaterales adquieren poder de decisión  política en los planes de ajuste-, la globalización del pensamiento tiende a convertir al modelo socioeconómico propio del neoliberalismo en una propuesta universal.  Se le pide a Japón lo mismo que a Rusia; lo mismo se le pide a Centroamérica, a Brasil o a España. La sensatez de que frente a situaciones tan diversas cabría esperar políticas también diversas resulta amordazada por el pensamiento único.  La receta es regentada por el FMI, al que poco le importa que esa receta sea la responsable en buena medida de la crisis financiera internacional actual. 

El FMI y el BM son protagonistas de primera línea del denominado Washington Consensus. Este Acuerdo de Washington ha sido aplicado sin cortapisas en América Latina.  Puesto que este subcontinente, tiene un conjunto de particularidades indentificatorias que lo diferencian del resto del mundo, la situación actual, fruto de la realidad heredada más los efectos de las políticas neoliberales, también tiene rasgos propios. 

Por este motivo, si bien el modelo que desarrollaremos a continuación tiene mucho de universal, dado que no podemos pensar ya en términos locales al margen de la realidad de la globalización, es necesario advertir que la perspectiva general desde la que analizamos una alternativa al neoliberalismo es latinoamérica , con especial énfasis en el análisis y perspectivas de la realidad argentina. 

Una propuesta de sistema socioeconómico es algo completamente abarcador. Seguramente es una tarea imposible para una sola persona    y  sin duda escapa a una sola disciplina académica.  Pero, según entiendo, el “esqueleto” de un sistema alternativo al actual puede definirse claramente recurriendo a sus rasgos económicos, a sus rasgos políticos principales y a algunos de sus rasgos sociales.  En este sentido, esta propuesta es un modelo que, como tal, comprende al conjunto del sistema, pero simplificando el análisis y exposición para resaltar los aspectos considerados centrales. 

EPÍLOGO 

Hemos formulado un modelo alternativo al neoliberalismo en lo referido a la estructuración social, económica y política al interior del país, -esto último desde una perspectiva básicamente latinoamericana, con particular énfasis en la situación argentina- a la vez que hemos insinuado ciertos rasgos referidos al proceso de globalización. 

La propuesta alternativa, constituida por un conjunto de políticas, se fundamenta en un enfoque teórico novedoso y diferente, que no hemos desarrollado en esta obra, al que hemos denominado teoría de los sistemas político-económicos.  El análisis no ha podido basarse en el cuerpo de la teoría aceptada como dominante, precisamente porque dicha teoría fundamenta las políticas que se pretende cuestionar.  Nuestro enfoque incursiona así por un terreno con escasos precedentes, considerando que los paradigmas preexistentes o son insuficientes, o de validez parcial, o son incorrectos.  Al mismo tiempo  -y como no podía ser de otra manera-, el desarrollo del enfoque propuesto es lo bastante incompleto como para dejar abiertos muchos problemas pendientes de investigaciones y propuestas sectoriales futuras.  El cambio de paradigma científico para estudiar las realidades sociales involucradas en la “economía” y en la “política”. Pero: “Lo que ve un hombre depende tanto de lo que mira como de lo que su experiencia visual y conceptual previa lo ha preparado para ver” .

Esta frase resume con brillante sencillez los problemas inherentes a un cambio de paradigma, que no es otra que un cambio en la forma de ver la realidad del mundo que nos rodea.  Cambiar de paradigma para analizar la realidad y proponer cosas sobre ella implica cambiar de punto de vista; coloquialmente diríamos “cambiar  la mentalidad”.  Cuando un paradigma se convierte en dominante, su forma de ver el mundo parece sencillamente “natural”.  Sin embargo, la naturaleza que nosotros vemos no depende sólo de cómo es ella, sino de cómo estamos nosotros preparados para verla. Dicho de otro modo, eso que llamamos “la realidad” es simplemente una forma subjetiva que tenemos de ver las cosas.

 

Hay miles de ejemplos ilustrativos muy significativos para comprender que una nueva visión de las cosas, aunque nos cueste dolores de cabeza, no es una negación de “la realidad evidente”. Esa realidad evidente no es más que una construcción teórica que hemos instalado en nuestro cerebro (socialmente hablando, le hemos instalado en nuestra cultura) para darnos una interpretación imaginaria de las cosas que nos rodean.  Pero la historia de la humanidad enseña que tales construcciones mentales sobre la realidad no son “la verdad sobre la realidad”.  Para un genio como Aristóteles era absolutamente evidente que el sol giraba alrededor de la tierra y que existían en la naturaleza sólo cuatro elementos básicos: la tierra, el fuego, el aire y el agua.  Los conocimientos posteriores sobre astronomía, sobre la gravitación universal, sobre la estructura molecular de las materias que conocemos y sobre la existencia de los elementos químicos básicos cuyos átomos constituyen aquellas materias que nos hacen ver hoy como infantil el paradigma con que miraba las cosas un genio como Aristóteles.  De modo semejante, las nuevas teorías fisicoquímicas tienden a hacernos ver como infantil la idea que nos hemos hecho de la materia.  

Nosotros tenemos en la actualidad una visión de las cosas sociales, económicas y políticas: nos parecen verdades obvias y eternas; creemos que son “la evidente realidad de la naturaleza social, económica y política”.  Pero no hay tal evidente realidad ni tal entidad natural de las instrucciones y leyes con las que vivimos. 

Cuando las cosas van relativamente bien, la humanidad no se cuestiona su forma de ver la realidad.  El problema surge cuando las cosas van mal y todos los intentos por poner remedio con los instrumentos del paradigma conocido no dan buenos resultados.  En tales situaciones no hay más remedio que recurrir a una revolución en la forma de ver el mundo que nos rodea.  Se hace imprescindible tratar de ver las cosas desde otro punto de vista, y normalmente son necesarios varios intentos alternativos hasta que un nuevo paradigma nos convenza de que las cosas pueden ser diferentes y de que podemos encontrar soluciones con el nuevo punto de vista que de otra forma ni siquiera se nos hubiera imaginado. 

Como hemos comentado, la caída de los paradigmas marxista y Keynesiano dejó desnudos de soluciones a los movimientos populares del mundo.  La entronización del paradigma neoliberal, con sus consecuencias regresivas para el sistema de valores con que juzgamos las nociones de justicia y equidad, generó respuestas inconducentes, que abarcaron desde el vulgar oportunismo hasta la reiteración nostálgica de un discurso convertido en anacrónico. Otro tanto podríamos decir de los efectos que la globalización produjo sobre la soberanía del Estado-Nación.  El surgimiento alarmante de una nueva problemática existencial relativa a la destrucción del hábitat que permite la  subsistencia de la especie humana puso en evidencia que la sostenibilidad “por los siglos de los siglos” no estaba contemplada por ninguno de los paradigmas mencionados. 

Por cierto que las consecuencias de regresión en la equidad social, pérdida de soberanía estatal a manos de la globalización financiera, descrédito no sólo de las dictaduras sino también  de la democracia representativa, la degradación del medio ambiente, etc., son rangos podemos calificar de universales, ya que de un modo u otro podemos observar este tipo de efectos en prácticamente todos los países del mundo. 

Pero es igualmente que la profundidad de la crisis, la diferencia cualitativa del grado de crisis, es completamente diferente en los países más industrializados que en los países  periféricos. Toda América Latina vive los rasgos de esta crisis con una profundidad que no tiene comparación con lo puede observarse, por ejemplo, en Europa.  En lo que toca a la Argentina, en términos de retroceso comparativo con su propio pasado, probablemente sea el caso más clamoroso del mundo actual. 

Sería inútil continuar dándole vueltas a la noria de los viejos paradigmas.  Para encontrar soluciones novedosas es imprescindible mirar la realidad con una mentalidad renovada.  

Esta obra tiene la osadía de internase en los caminos innovadores.  Ello supone correr conscientemente los riegos inherentes de hurgar en lo desconocido y en lo no experimentado.  Tengo la plena convicción de que vale la pena el intento, el cual se justifica en el estado de necesidad de la humanidad en general, de los pueblos latinoamericanos en particular y específicamente del pueblo argentino, mi pueblo.  Por otra parte, tengo también la total convicción de que ninguna forma de ver el mundo es “la verdadera”; no hay ninguna forma de demostrar que un paradigma es “la verdad”.  Es pues necesario abrigarse con los atuendos del respeto a la diversidad, despojarnos  todos de los absolutismos ideológicos  o de cualquier otro tipo de fundamentalismo.  Diversos paradigmas pueden ser concebidos para ver la misma realidad y de cada uno de ellos podría deducirse con coherencia lógica un conjunto de políticas y soluciones instrumentales. 

El cambio de estructuras necesario requiere el previo debate de ideas innovadoras y, en este sentido, sería deseable que se rompiera  el dique mental de los viejos paradigmas para que un torrente de propuestas innovadoras en el debate público (no sólo político sino también demótico) para repensar la sociedad y construir un nuevo consenso sobre un futuro deseable, posible y compartido. 

La racionalidad del debate debe distinguir el consenso sobre la visión general –o sea, el paradigma- de las diferentes propuestas instrumentales; cabría proceder de un modo semejante al debate parlamentario sobre una ley: primero se la aprueba o rechaza en general; luego, si se la aprueba en general, se discute el detalle artículo por artículo. 

La decisión final sobre lo que se considere “correcto” dependerá de los valores éticos que inspiren la voluntad general.  El debate sobre la solución a la crisis que nos agobia no puede centrarse en recetas técnicas sin especificar el paradigma socio económico –político que engloba las propuestas y sin identificar la ética que fundamenta al paradigma.  La honestidad intelectual ha de ser la carta de presentación para el debate necesario y eso significa exhibir a la luz pública todos los supuestos iniciales, los postulados básicos y las hipótesis originarias en los que se fundamentan las conclusiones propuestas. 

Valga pues la reiteración final resumida de lo que consideremos la Eutopía: el desarrollo sustentable con un régimen de economía mixta y democracia participativa, asentado en la ética de la sustentabilidad integral, la cual exige justicia social, eficiencia económica, pluralismo político, sostenibilidad ecológica y diversidad cultural.  Estos principios deberían orientar un nuevo contrato social de la Nación Argentina y la integración sudamericana, impulsando una globalización justa, puesto que la sustentabilidad será global o no será.