Giovanni Papini

Cuadernos Nuevo Sur Sudaca

N° 20, abril-junio 2006

La compra de la República

Relato fantástico extraído de GOG, El Libro Negro, escrito por Papini en las postrimerías de su

prolífica vida literaria, allá por 1950.

Nuestro texto proviene de una edición de los años 60.

Cualquier semejanza con alguna realidad es mera coincidencia. 

Este mes he comprado una República.  Capricho costoso y que no tendrá muchos imitadores.   Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo y he querido librarme de él.   Me imaginaba que el ser dueño de un país debe de dar gran gusto. 

La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en pocos días. El Presidente tenía el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto por clientes suyos, era un peligro. Las arcas de la república estaban vacías; crear nuevos impuestos hubiera sido la señal del derrumbamiento de todo el clan que se hallaba en el poder, tal vez de una revolución. Había ya un general que armaba bandas de irregulares y prometía cargos y dignidades al primero que llegaba. 

Un agente norteamericano que se hallaba en el lugar me avisó. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo.   Anticipé algunos millones de dólares a la República, y además asigné al presidente, a los generales y a todos los ministros y a sus secretarios, unos emolumentos dobles de aquellos que recibían del Estado. Me han dado en garantía – sin que el pueblo lo sepa – las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un covenant  secreto que me concede prácticamente el control sobre la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy por allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el dueño casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una subvención, bastante crecida, para la renovación del material del ejército, y me han asegurado, en cambio, nuevos privilegios. 

El espectáculo, para mi, es bastante divertido. Las Cámaras continúan legislando, en apariencia libremente; los ciudadanos continúan imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de las cosas. No saben que todo cuanto se imaginan poseer – vida, bienes, derechos civiles – dependen en última instancia de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí. 

Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrados. Podría, si me pluguiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar al Gobierno, obligar al país que tengo bajo mi mano a declarar la guerra a una de las Repúblicas colindantes. 

Esta potencia oculta e ilimitada me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todos los fastidios y la servidumbre de la comedia política es una fatiga bestial; pero ser el titiritero que detrás del telón puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a su movimiento, es una voluptuosidad única. Mi desprecio de los hombres encuentra un sabroso alimento y mil confirmaciones.

Yo no soy más que el rey incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido dominarla y el evidente interés de todos los iniciados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y tal vez más vastas e importantes que mi república, viven, sin darse cuenta, bajo una dependencia análoga de soberanos extranjeros. Siendo necesario más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un  trust,  de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros. 

Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocido solamente por sus hombres de confianza, que continúan recitando con naturalidad el papel de los verdaderos jefes.