Diego Luis Castellanos

Cuadernos Nuevo Sur Sudaca

N° 20, abril-junio 2006

Ética y desarrollo humano

La escisión entre ética y economía, o para decirlo como es, entre ética y capitalismo, ha dejado de lado las consideraciones morales acordes con las aspiraciones equitativas de un desarrollo humano sustentado en valores como la solidaridad, la conciencia social y la empatía.  Tal es la tesis del Dr. Diego Luis Castellanos, quien afirma que esa perversa separación halló un atenuante en los esfuerzos, aún vanos, de la economía política.

Es evidente el notable distanciamiento entre la ética y la economía; lo que ha ocurrido en la misma medida en que se ha insistido en establecer una especie de frontera del conocimiento; mediante lo cual la ética determina fines, en tanto que la economía se ocupa fundamentalmente de los medios.

La ética sería, por lo tanto, una referencia individual y el comportamiento, en lo mejor (o peor) de los casos, estaría sujeto al duro enjuiciamiento que hace Kant, por el cual habría que diferenciar el sentido y la motivación de cada una de las acciones humanas con vistas a su calificación de valor.

La referencia a esa separación pone en evidencia que dicha concepción se arraiga en una interpretación, a veces caricaturesca, en la que se identifica al economista como proveedor de información técnica, totalmente esterilizada de juicios de valor, que constituye un insumo para la adopción de decisiones.  Se establece, en consecuencia, una falsa separación entre los aspectos positivos y los normativos.  Estos últimos, por demás, fueron los que determinaron el surgimiento y evolución de la economía política como disciplina.

Un argumento que se esgrime es el de la necesidad de preservar una falsa racionalidad económica, por la que los agentes seleccionan opciones que emergen de un conjunto de restricciones, preferencias, creencias y expectativas que pueden ser perfectamente cuantificables.  Una derivación conduce a las interpretaciones extremas de Hayek y Friedman, por las que la separación entre el poder económico y el poder político se fundamenta en la necesidad de proteger la libertad individual.

Estas ideas no toman en cuenta que las concepciones morales influyen en el comportamiento de los agentes y por ende en el propio devenir de los hechos económicos; que las concepciones respecto al bienestar social y los medios para alcanzarlo están basados en supuestos morales incontestables; que las políticas públicas se derivan de interpretaciones económicas con un elevado compromiso moral.  En definitiva que enfrentamos una interrelación objetiva entre los aspectos positivos y normativos contenidos en la ciencia económica.

Los fundadores de la economía, los clásicos, principalmente Smith y Marx, establecieron la estrecha interrelación que existía entre la economía política y la filosofía, argumentando que las concepciones éticas y morales de la sociedad están históricamente condicionadas por el carácter de las relaciones económicas imperantes en la misma, cual era el capitalismo y sus derivaciones de mercado.  En tal sentido, el comportamiento de los distintos grupos sociales está determinado por su ubicación y papel en el desarrollo de esa economía y del mercado.  Este es un contexto inevitable para la definición adecuada de la ética que le correspondería a cada uno de esos grupos.

Dos ideas fundamentales derivan de lo planteado:  Una, que las estructuras socioeconómicas moldean in extenso la estructura de las motivaciones.  La otra, es el rechazo a que la inequidad es el resultado del egoísmo en tanto que premisa de la naturaleza humana.

Otras han sido las distorsiones que el devenir histórico del capitalismo ha introducido al funcionamiento del mercado, lo que en consecuencia también tiene sus derivaciones hacia el comportamiento ético de los agentes económicos.  En tal sentido no debe pasarse por alto que existe una economía política del subdesarrollo surgida precisamente de las deformaciones de unas relaciones dependientes que impone su impronta y condicionamientos a la mayor parte de la humanidad.

A este respecto vale traer a colación una cita de Pigou que, en su intento de construir una economía del bienestar que sustituyera a la economía que dominaba en su época, decía hace casi 60 años: “Una época como ésta, en la que todo el mundo está económicamente desajustado, en la que las cosechas de un país que podrían alimentar a los que se mueren de hambre en otro, se queman para disminuir la superabundacia…. representa en realidad para todos nosotros un poderoso aliciente y hace concentrar nuestros pensamientos en la patología económica”.  (A. Pigou, Teoría y Realidad Económica, 1944).

El fenómeno se sigue manifestando y economistas como Alfred Hirschman,  y Amartya Sen, han advertido acerca del grado en que esos valores éticos podrían ser  -y de hecho han sido- fuertemente socavados por el grado en que se han venido deformando esas relaciones de mercado.

La crítica de Pigou constituía la anticipación de lo que ya es una nueva y creciente dimensión de la relación entre la ética y la economía.  Me refiero al tema de la equidad.  “…la especie con mayor peligro de extinción en los ideales políticos”, al decir de Dworkin, ante las críticas de que estas políticas conducen a pérdidas de eficiencia.  Y es que la escala de valor para medir la eficiencia y la equidad es muy distinta y el instrumental de las segundas está todavía en una fase más incipiente y si se quiere es más controvertida.  La sola distinción, sus matices, particularidades y contradicciones que el propio Dworkin advierte acerca de las diferencias entre equidad de bienestar y la equidad de recursos, es una anticipación de la complejidad y grado de fragmentación de los actuales valores morales y constituye un reto para la investigación y la política económica en la actualidad.  De no hacerlo, habría que aceptar que el mundo social que aspiramos a vivir y sus percepciones éticas, estarían siempre bajo el control del cálculo racional eminentemente cuantitativo.

Son varias las concepciones acerca de los enfoques y términos normativos en que deben desenvolverse las políticas acerca de la equidad; sin embargo, todos estos están completamente condicionados por una indisoluble vinculación entre la ética y la economía.  En los aportes a la teoría de la elección  social  -uno de esos enfoques- que le mereció el premio Nóbel a Amartya Sen, se evidencia esta posición al advertir que:  “La naturaleza de la economía moderna se ha empobrecido sustancialmente por la creciente separación entre la economía y la ética …. (la economía) puede ser más productiva si le prestara una mayor y más explícita atención a las consideraciones éticas que moldean el juicio y el comportamiento humano.  No es mi propósito desconocer lo que se ha logrado o se viene logrando, pero definitivamente exigir más”.  (Amartya Sen, Sobre ética y economía, 1987).

Resumiendo, en la relación entre ética y economía, no existe tal diferenciación entre la dimensión positiva de la ciencia, (en los que se incluyen los aspectos de racionalidad y eficiencia) y la dimensión normativa, (que se ocuparía de establecer políticas con determinados juicios de valor).  En consecuencia, es válido el planteamiento de los fundadores de la economía política de que el comportamiento de los diferentes actores sociales  -los capitalistas, los trabajadores, el Estado- tiene un determinado condicionamiento histórico a los cuales se les asocia un conjunto de valores éticos y morales estrechamente vinculados a un proceso de desarrollo económico y social.

En las condiciones del mundo contemporáneo  -y particularmente en las del mundo subdesarrollado-, las distorsiones derivadas de las propias relaciones de mercado han obligado a la formulación de políticas que fomenten la equidad lo cual, a su vez, determina cambios en esos principios y valores éticos y el papel que le corresponde desempeñar a los diferentes actores.

En este contexto, es útil examinar y delimitar las responsabilidades éticas de los actores sociales, a la luz de la realidad en Venezuela:  Un rasgo estructural con amplia fundamentación empírica, pone en evidencia una caída recurrente de la inversión privada a la vez que una parte importante del ahorro interno adquiere la forma de exportaciones de capitales.  Se insiste en la necesidad de que una parte significativa de la formación de capital sea asumida por la inversión privada, lo que sería reconocer que el esfuerzo por el desarrollo debe ser una tarea compartida.  En tal sentido, ¿se corresponde la afirmación anterior con la ética que, a la luz de su papel histórico, le toca desempeñar a los capitales venezolanos?  Vale acudir a una cita ilustrativa: “Precisamente la desigualdad de la distribución de la riqueza era la que hacía posible, de hecho, aquellas vastas acumulaciones de riqueza fija y de aumentos de capital que distinguían esta época de todas las demás.  Aquí descansa, en realidad, la justificación fundamental del sistema capitalista.  Si los ricos hubieran gastado su nueva riqueza en sus propios goces, hace mucho tiempo que el mundo hubiera encontrado tal régimen intolerable.  Pero, como las abejas, ahorraban y acumulaban, con no menos ventaja para la comunidad toda, aunque a ello los guiaran fines más mezquinos”.  (John Maynard Keynes, Las Consecuencias Económicas de la Paz, 1919).

La cita es relevante por el significado del autor; y aunque sea discutible su interpretación respecto a los orígenes de la acumulación capitalista, lo importante es cómo el más conspicuo ideólogo de una buena parte del capitalismo del siglo veinte, enfatizó en la obligación ética que, como clase, tienen los capitalistas respecto a la inversión y el consecuente desarrollo económico de la sociedad.  Esta es una responsabilidad ética insoslayable.

Pero además, las actitudes morales tienen importante influencia en los hechos distributivos -y en Venezuela está demostrado que la desigual distribución del ingreso es moralmente cuestionable-, por lo que solamente las evaluaciones acerca de eficiencia, sino también las valoraciones de equidad deberían formar parte de la conducta ética.  Porque sólo de esa manera sería posible entender los principios que gobiernan la formulación de las políticas públicas y cuáles factores morales influyen sobre el acontecer económico.  La lógica del razonamiento expuesto tiene que manifestarse en todos los ámbitos del acontecer económico, desde la formulación de la política tributaria hasta el compromiso en la distribución del riesgo en un mundo cada vez más incierto.

Existe una dimensión normativa determinada por apreciaciones distributivas y de equidad.  El enfoque neoliberal olvida la mención a categorías tales como las necesidades, los presupuestos de dignidad, oportunidad, derechos o imparcialidad individuales, por lo que sistemáticamente se han desconocido los efectos perversos asociados a la implementación de las políticas macroeconómicas, sean la cambiaria, la monetaria o la tributaria.  De esta suerte, al considerar a todos los agentes económicos como iguales, se pierde la medición del impacto redistributivo, generalmente regresivo, entre los diferentes estratos de la población.  Aquí está la responsabilidad moral de contribuir a modificar las condiciones de inequidad imperantes, ambas se entrecruzan y constituyen cualidades éticas que no pueden ser soslayadas.

No se puede obviar otra importante responsabilidad ética de las instituciones financieras, referida al papel que en la actualidad desempeñan los organismos económicos multilaterales, en particular el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio.

Más de la mitad de la población mundial y dos tercios de los países del orbe carecen de un efectivo control propio y autónomo de sus políticas económicas, dependiendo de las contribuciones técnicas y materiales de estos organismos internacionales, los que comúnmente tienen un escaso efecto sobre el desarrollo económico, agudizando muchos de sus problemas institucionales sin lograr un renovado ritmo de crecimiento con mayor equidad.  Esta responsabilidad no es ajena a un “orden internacional” que agudiza las diferenciaciones entre unos países y otros, y en consecuencia, tiene una profunda significación moral.    Se trata de un “orden” que pone en contacto a todas las naciones, pero al propio tiempo mantiene fisuras profundas entre diferentes grupos de países y entre los grupos sociales de cada país y, por supuesto, marcada asimetría entre las regiones, en detrimento de las menos desarrolladas.  Sus tendencias son, entre otras, el veloz crecimiento y mundialización de los mercados financieros estimulados por la revolución tecnológica y la apertura de los mercados, las transformaciones de los patrones de comercio a favor de los servicios y productos manufacturados de alto contenido tecnológico, el desplazamiento hacia el Pacífico como área de intensificación del comercio, la proliferación de acuerdos comerciales regionales, el aumento del comercio al interior de las empresas transnacionales.  Esto ha venido acompañado, institucionalmente, por la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que complementa al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) y la Comisión Trilateral, como organizaciones rectoras”.

Todo ello se traduce en la persistencia de las desigualdades, con tendencia creciente, entre los países industrializados y los países en desarrollo:  el desequilibrio Norte-Sur, el aumento en los desniveles de ingreso y de oportunidades a lo interior de los países ricos y de los países pobres, y, finalmente, la creciente inestabilidad del sistema económico y financiero internacional. 

La ética importa, sostiene Bernardo Kliksberg *, y expone que los valores éticos predominantes en una sociedad tienen influencia persistente en aspectos vitales del funcionamiento de su economía.  Cuando se elude esa relación se abona el terreno para que la ausencia de discusión ética favorezca el despliegue  -sin que haya sanción social- de los valores antiéticos que se expresan en corrupción, egoísmo exacerbado, la insensibilidad ante el sufrimiento de las personas excluidas y carencia de solidaridad.

“El corrupto, sostiene Kliksberg, no sólo daña por lo que roba a la sociedad, sino por el mensaje que transmite:  todo para mí, no me interesan los demás, no tengo problemas de conciencia, lo único importante es enriquecerme”.

La Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización integrada por prominentes personalidades, entre ellos los presidentes de Finlandia y Tanzania, destaca en su informe (2004) que “la globalización ha tenido lugar en un vacío ético donde el éxito y los fracasos del mercado tendían a convertirse en el máximo Standard de conducta (Citado por Kliksberg).

A todo lo largo de esta exposición parece quedar demostrado que la tesis del desarrollo humano modifica sustancialmente todo el andamiaje de la ciencia económica, particularmente por el hecho de que promueve una economía amigable, con rostro humano y tiende a volver a reunir a la ética con la ciencia económica.  Como se ha visto, ellas estuvieron muy relacionadas en los orígenes de la segunda, pero “el razonamiento dogmático  ortodoxo desarticuló  totalmente” esa relación, como claramente expone Kliksberg, quien agrega que la economía, como instrumento, debe ser eficiente; y su eficiencia debe ser medida por lo que genere en términos de oportunidades para todos, especialmente para los jóvenes, en la erradicación de la desnutrición, el aumento de la esperanza de vida, el acceso a la salud y a la educación, en condiciones de libertad y de respeto mutuo y al ambiente y los valores culturales.  Amartya Sen en “Desarrollo y Libertad” (2000), sostiene que los valores éticos como los de solidaridad activa, la justicia social, el responder los unos por los otros, las posibilidades de participación y libertad de desarrollar las propias potencialidades, se pueden convertir en valores rectores de la economía, si se logra la vinculación de ésta con la ética.

Notas

* Bernardo Kliksberg “Más ética y más desarrollo”, Edit. Temas, Buenos Aires, Argentina, 2004)