Rigoberto Lanz  

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La contrarrevolución va por dentro

21 de junio de 2006

Que nadie se escandalice: no se trata de hacer “juicios” a los camaradas que militan abnegadamente ni de exigir tortuosas “autocríticas” al estilo de los viejos aparatos stalinistas. Queremos compartir con muchísima gente esta paradoja inquietante: la voluntad política no marcha pareja con una densidad teórica; las ganas de cambiarlo todo no están siempre acompañadas de una formación intelectual de envergadura. La militancia en partidos de izquierda no es garantía de contar con una teoría revolucionaria. En síntesis: hay legiones de compañeros comprometidos sinceramente con la transformación profunda del país pero en su cabeza habita una constelación de ideas, valores y discursos profundamente retrógrados.

Esta brutal contradicción viene de lejos. No es ni venezolana ni de este proceso. Diríamos que ha estado presente en todo el historial que nos trae hasta estos días. Atraviesa toda la experiencia histórica que ha intentando construir el socialismo en el mundo y es parte constitutiva de la biografía política de la izquierda en todas partes. ¿A qué se debe este curioso fenómeno? ¿Por qué semejante disparate puede pasar tan impunemente inadvertido?

Creo que la base de este problema está en la manera como se constituye la praxis de la revolución. Construir una fuerza política para el cambio del estado de cosas puede hacerse echando manos del malestar de la gente, de los gravísimos problemas que el capitalismo salvaje va creando, de las necesidades dramáticas del pueblo. En este nivel difícilmente encontraremos las condiciones para una impugnación de la lógica dominante, de la cultura burocrática que nos asfixia, de la naturaleza regresiva de la civilización del capital. Poder pasar de la reivindicación inmediata a un proyecto de nueva sociedad es una operación complejísima en la que se falla una y otra vez. Poder saltar el límite de la explotación, la coerción y la hegemonía realmente existentes a la construcción de otra lógica social, de otra racionalidad, de una nueva cultura, de otra sensibilidad, de un nuevo modo de pensar (que es en fin de cuentas una verdadera revolución) es algo  que en este lago trayecto no se ha podido lograr (en ninguna parte del mundo).

Esta preocupación debe estar muy presente en la dirección del proceso político venezolano. Si bien no habrá solución milagrosa que exonere de los largos y complejos esfuerzos de formación, es claro que muchísimas iniciativas han de emprenderse en lo inmediato. Atenuar los tremendos vacíos de formación de la gente que voluntariosamente está al frente de los procesos de cambios en el país no es una tarea decorativa para exhibir diplomas. Es, al contrario, una manera de atacar el gravísimo problema de inconsistencia que observamos a diario en el desempeño de cualquier instancia del Estado. Es un modo de incidir en la incoherencia rampante de tantos cuadros políticos que están sembrando la contrarrevolución bajo la ingenua creencia de estar construyendo el socialismo del siglo XXI.

No me refiero por cierto a la enorme cantidad de oportunistas y pillos de todos los pelajes que están enchufados con coloridas franelas y boinas en las entrañas del gobierno. Sólo hablo de los camaradas que honestamente se esfuerzan por impulsar cambios verdaderos en todas las esferas de la vida pública; gente que entrega su vida con nobleza a la tarea mayor de construir otro país. Es aquí donde encontramos este drama de un pensamiento de derecha encapsulado en una práctica que quiere ser de izquierda.

La primera tarea es hacer visible este problema, poner de bulto un entuerto del cual no se puede ser conciente espontáneamente. Es preciso confrontar con toda decisión lo que bulle en el fondo: mostrando palmariamente lo que significa en la práctica una concepción reaccionaria; en el terreno que sea: de la física a la poesía, de la estética al mundo militar, desde lo más íntimo de la vida de pareja hasta los grandes temas planetarios. No hay espacio donde no aflore esta contradicción. Lo vemos con claridad en el mundo de la educación: cuánto esfuerzo por resolver los urgentes problemas de las condiciones materiales del sistema educativo (instalaciones, dotaciones, salarios y mucho más) y cuánta dificultad para tocar siquiera el concepto mismo de ”educación” que permea todo cuanto se hace en este espacio clave. En este terreno parece claro que todavía no hemos entrado en materia si de lo que se trata es de generar una revolución en las prácticas y discursos del espacio escolar (desde el maternal hasta el post-Doctorado).

Lo mismo cabe decir para el ámbito de las ciencias y las tecnologías: cuánto esfuerzo por encarar los graves problemas de la inversión pública en este sector y, no obstante, cuánta dificultad para hacerse cargo de lo que significa cambiar un paradigma de gestión en este campo, cambiar los modos de relacionarse con la gente, cambiar la idea misma producción de saberes que está en la base de la racionalidad dominante.

Misión Ciencia es una caja de resonancia donde bullen todos estos conflictos. Un viejo pensamiento se aferra a los nudos de intereses y prácticas que los aparatos han legado. Las concepciones del pasado no se suicidan. La derecha busca acomodarse valiéndose de toda clase de contorsiones. El centro respira por un rato porque practica los buenos modales y echa manos de su experticia profesional. La izquierda liberal hace gestos de compromiso político pero se le ve la costura cuando se cuestiona a la ciencia misma. La izquierda radical enfrenta el desafío mayor de hacer viables sus apuestas sin funcionalizar el filo de la crítica, velar por la gobernanza de propuestas sin sucumbir al pragmatismo.

Una proclama revolucionaria muy encendida suele ocultar una carencia sustantiva de fuerza emancipatoria. Querer cambiar es ya un paso enorme... poder hacerlo es el colmo de la buena leche.

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