Chela Vargas Docente UCV |
27/F. El fin de una falacia Caracas, 25 de febrero de 2005 |
Cuando en febrero del 89, CAP y su gobierno implementan el programa de ajustes dictado por el FMI, respondiendo a los mandatos del imperio y violando la soberanía, estaban seguros que saldrían triunfantes en su aplicación. La política de engaño, manipulación, exclusión y violencia que habían desarrollado durante 40 años, así lo ”garantizaba”. Esa “masa de tierruos, malandros e ignorantes”, era fácilmente dominada. Los discursos de los polítiqueros de oficio, de escribidores “bananeros” y de sus escuderos mediáticos, habían contribuido espléndidamente a endiosar y venerar la sagrada democracia representativa que como dice Galeano “no era más que una cueva de ladrones que no hizo más que lastimar al pueblo”. Amparados en esta falacia, excluían al pueblo de toda participación política y defalcaban el erario público para su beneficio. Su desprecio hacia la gran mayoría empobrecida alimentado por su racismo-neoliberal, les aportaba la consistencia ideológica necesaria. Habían construido un mundo elitesco, a espaldas de la historia y corroído por el pragmatismo y el individualismo. Aquí no cabía ni un ápice de sensibilidad humana. Por eso, cuando el pueblo reacciona en rebelión, no les tembló el pulso para ordenar la represión mas atroz que hemos presenciado en este tiempo. Así la describe el editorial de la revista SIC: “El objetivo no era controlar la situación, sino aterrorizar de tal manera a los vencidos que más nunca les quedara ganas de intentarlo otra vez. Era una acción punitiva contra enemigo, no un acto de disuasión dirigido a conciudadanos. Había que lograr que los vencidos no tuvieran la experiencia de haber ganado una. Que esa semana se les clavara el fuego; no como el día en que se adueñaron de la calle y compraron sin paga, sino como las noches terribles e interminables en que llovían sin tregua las balas y se vivió agazapado en completa indefensión” (SIC;89). El
pueblo enfrentó la violencia del aparato estatal organizándose, juntando
voluntades con la fuerza del optimismo, la solidaridad
y su acostumbrado
entusiasmo. Fortaleció su
organización para enfrentar al enemigo. Se organizaron centros de acopio
y redes de atención solidaria y de
distribución equitativa de alimentos y enceres.
El saqueo como expresa José Luis Vethencourt: “adquirió
francamente la fuerza de un botín que esta legitimado por las leyes no
escritas, pero si ancestrales de la guerra. Se celebraron fiestas de
triunfo en los barrios. En resumen, el pueblo suspendió, sin liderazgo
específico alguno, la norma penal que protege la institución de la
propiedad y las leyes habituales del dinero. Después de todo, está claro
que el pueblo tiene la potestad de suspender las reglas del juego , aunque
sea momentáneamente” (J.L Vethencourt, 89). A pesar del dolor por los héroes caídos, el pueblo salió fortalecido. Había ganado una importante batalla. Desenmascaró al enemigo. El combo de pillos que le había marginado de toda participación política y social quedaba sepultado para siempre. Era posible ahora empezar a construir una sociedad de ciudadanos concientes y capaces de convertirse en actores sociales constructores de los proyectos para lograr una vida digna. Comienza aquí el proceso constituyente que permitiría dotar de su verdadero contenido el concepto de democracia. La democracia participativa y protagónica. Concienciados por esta situación y haciendo alarde de su sensibilidad social y humana un grupo de militares patriotas se rebelan el 4 de febrero. Allí se afianza la unidad cívico militar. Se fortalece la lucha del pueblo y sus soldados en rebelión. La síntesis histórica de pueblo soldados y la presencia de un líder indiscutible y necesario para sellar el triunfo, conduce hoy hacia la existencia plena de la república democrática, patriótica y soberana. Como bien lo expresa el poeta de la vida César Vallejo, el pueblo en rebelión,” prendió un día su fósforo cautivo, oró de cólera y soberanamente pleno, circular, cerró su natalicio con manos electivas; arrastraban candado ya los déspotas, y en el candado, sus bacterias muertas” (...) Pueblos con pasiones precedidas de dolores con rejas de esperanza, de dolores de pueblo con esperanzas de hombre (...) ¡Muerte y pasión de paz las populares! ¡Muerte y pasión guerreras entre olivos! Pueblo que mueres de universo. ¿En que frenética armonía terminará tu grandeza, tu miseria, tu vorágine impelente. Tu gana dantesca y purísima de amar? (Vallejo,33). |