Alberto Monteagudo

Artista plástico y cineasta

albertomonteagudo@cantv.net

La cultura del imperio

octubre de 2005

El llamado neo-colonialismo, es decir el nuevo ropaje con el que sigue practicándose lo que inauguró Cristóbal Colón cuando "descubrió" un nuevo mundo todavía virgen para el saqueo  a gran escala,  tiene hoy su expresión más conspicua en la "Industria Cultural Corporativa" y en especial en la estadounidense.

La conquista y el sometimiento que ya las potencias imperiales de su tiempo (de la cual España formaba parte) practicaban contra pueblos débiles e indefensos, siempre fue acompañado - cuando no precedido-por la destrucción de las culturas autóctonas y su sustitución por la del invasor.

Las desgarradoras historias que nos hablan de poblaciones americanas que optaron  por el suicidio en masa antes que su sometimiento, o de quienes llegaron a arrancarse los ojos ante la  insoportable visión de un mundo de pronto monstruoso e irreconocible, muestra a las claras que lo que está en juego no pertenece al territorio de lo material sino  al del alma.

La cultura siempre ha sido la cabecera de playa de todo proyecto hegemónico.

Eso lo sabe perfectamente el gran hegemón mundial en estos tiempos de globalización, que tiene en su "Industria de Entretenimiento" el buque insignia y portaaviones de su guerra por los "corazones y las mentes"(CIA-Vietnam).

Su influencia es enorme y tan evidente que no vale la pena intentar glosarla. Basta encender la radio o el televisor, comprar un video, un CD, un DVD, o ir al cine.

Actualmente se encuentra en una etapa de consolidación totalitaria y omnipresente a través de las "sinergias" que ya se operan de manera espontánea y autosostenida, y que se evidencian cuando en la "cajita feliz" de la comida chatarra, está la imagen de la última película chatarra, acompañada de una réplica plástica de su  personaje principal que terminará indefectiblemente en el  pipote de la basura tan pronto la atención sea dirigida  a una "nueva" oferta en la cartelera del cine y de "Mc Donalds".

Su influencia social, reflejada en la política, la economía, la salud, la vivienda etc., es por fuerza inseparable de su impacto en la cultura por cuanto su propósito es producir en el individuo una conciencia adormilada, modelada para aceptar acríticamente lo que desde los medios masivos comerciales se promueve, es decir; las cosas que para ser, necesita tener (e incluso pensar).

Conseguido esto, el individuo tenderá a actuar en todas esas áreas según cánones implantados en lo más profundo de su psique. En ese punto su modo de pensar no será un ejercicio de libertad; sino, junto a sus emociones y deseos inducidos, la expresión de hábitos y adicciones perceptuales de los cuales, sin herramientas de autoconciencia, le será difícil desintoxicarse.

Eso lo saben perfectamente las agencias de publicidad cuya especialidad es precisamente explorar el inframundo del espíritu humano donde se ocultan sus carencias y deseos en busca de la materia prima para un exitoso lavado de cerebro.

La eficacia de su trabajo puede sintetizarlo la imagen de un joven "rebelde" y "antisistema" con una franela con el logo Tommy Hifiger, o la situación en la que un niño termina doblegando la voluntad de sus inteligentes y bien plantados padres "de izquierda", que terminan comprándole un par de costosos zapatos "de marca".

La medida de la importancia económica de la industria del disco (que sólo convengo en llamar "Industria Cultural" sólo por su impacto en la cultura y no necesariamente por la calidad y cualidad de sus productos) fue la elevación de los "plebeyos" integrantes de los  "Beatles" a la categoría de nobles, gracias a su importante contribución para salvar la economía del otrora imperio británico.
Aunque él de los Beatles es un ejemplo de que el negocio del disco también promueve  productos de calidad, constituye también un ejemplo de lo contrario, por cuanto porcentualmente supone una fracción ínfima frente a la proliferación de música chatarra, que en su totalidad genera mucho más dinero.

Precisamente la separación de John Lennon para conservar su independencia creativa frente  a los imperativos crematísticos de la industria, constituye una prueba de esa situación.

El fenómeno Michael Jakson, impulsado por las disqueras yanquis como una manera de superar el efecto devastador producido en la industria norteamericana del disco por la aparición de Los Beatles, terminó -como antes Elvis Presley - con la posterior destrucción personal del cantante.

Ese suele ser el precio que un artista talentoso puede terminar pagando por ese tipo de éxito cuando es atrapado en los engranajes de la "Industria Cultural".

Otro precio es el virtual anonimato para los que se niegan a aceptar las abusivas condiciones contractuales del Show Bussiness y prefieren conservar su libertad de creación.

En cualquiera de los casos también termina perdiendo la sociedad en su conjunto.

Todas estas son secuelas de la presente etapa de desarrollo capitalista que en su fase imperial ocupa como nunca antes, además de los espacios y recursos materiales de los cuales priva a la mayoría de la humanidad, de todo lo concerniente a su patrimonio espiritual, a su imaginario,  a su cultura.

Sin embargo comienzan a surgir respuestas dirigidas a enfrentar la neo-colonización imperial, en lo que podría llamarse una guerra cultural asimétrica en la cual los débiles (pero no por eso menos inteligentes), comienzan a aprovechar sus contradicciones y vulnerabilidades.

La llamada piratería (denominación impuesta por los amos imperiales de la industria y sus lacayos locales) es un fenómeno sociológico y económico complejo que nace como resistencia a un sistema que exprime al consumidor y al usuario al punto en que comienza a restringir  seriamente el libre acceso a los bienes y servicios culturales y en general al conocimiento.

La proliferación a bajo precio de "copias no permitidas" (como prefiero llamarlas) tanto de imágenes como de sonido, no hubiera podido existir si los medios de reproducción no estuviesen hoy al alcance de cada vez más personas.

Por otro lado y gracias a ello, también son cada vez más los creadores: compositores, intérpretes, cineastas, artistas plásticos, etc., que adoptan la modalidad de Copy Left, es decir; la reproducción gratuita de su obra, siempre que ésta no sea con fines de lucro, a través de los mass media comerciales.

Por otro lado y gracias a la posesión de tecnologías que antes eran exclusividad de las grandes corporaciones, muchos grupos musicales jóvenes consiguen darse a conocer y vivir decorosamente, tanto de  sus presentaciones personales como de la producción y venta directa de sus discos, a precios no inflados especulativamente.

Hollywood no escapa a este fenómeno. Su influencia es desafiada por un creciente ejército de productores independientes que armados de baratos, pero cada vez más eficientes equipos de video y edición digital, se han lanzado a la conquista del espacio audiovisual.

La cultura del imperio está muy consolidada y no va a ceder sus espacios sin dar la pelea en todos los frentes, sobre todo en el mediático.

En Venezuela ha logrado un importante objetivo con la recientemente aprobada e inconstitucional Ley de Cine, mientras espera agazapada detrás de la Ley Orgánica de la Cultura.

Pero la pelea recién empieza. Lo mejor está por venir. Talento y coraje es lo que sobra; también patriotismo.

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